El momento actual la sitúa en el centro de una decisión histórica. Como vicepresidenta de la Asamblea Legislativa, cuenta con visibilidad y capacidad de incidencia. Como socialcristiana formada desde su adolescencia en esa tradición, tiene legitimidad doctrinal. Pero el liderazgo no se hereda: se ejerce y ella sabe cuándo, cómo y para qué utilizarlo.
En política, sostener con coherencia sus principios y valores tiene costos y Vanessa Castro Mora los ha pagado con creces. No solo por la violencia política sufrida en el recinto parlamentario, sino también por los ataques de sus adversarios, que la han afectado en lo político, en lo profesional y en lo personal.
Durante el periodo 2022–2026 en la Asamblea Legislativa de Costa Rica, su gestión no se caracterizó por el silencio cómodo, sino por la defensa persistente de una línea socialcristiana clásica: institucionalidad fuerte, equilibrio de poderes, responsabilidad fiscal con enfoque social y respeto al Estado de derecho.
Abogada especializada en la administración y regulación de los mercados de telecomunicaciones, Castro no ha sido una diputada decorativa. Su intervención en debates sobre reformas institucionales, el control político y la defensa de los procedimientos legislativos ha sido constante y confrontativa. Ha insistido en la importancia de la técnica jurídica frente a la improvisación política, defendiendo la necesidad de reglas claras y procesos rigurosos en un Congreso cada vez más fragmentado. Su gestión al frente de la vicepresidencia lo ha demostrado.
Su rol en comisiones y en el plenario ha estado marcado por la argumentación jurídica y una postura crítica ante iniciativas que, a su juicio, debilitaban la arquitectura institucional del país. Esa línea le generó apoyos transversales en algunos momentos, pero también aislamiento profundo y soledad dentro de su propia fracción.
Dentro del Partido Unidad Social Cristiana (PUSC), su liderazgo no siempre fue respaldado con claridad. Durante su gestión parlamentaria aspiró a presidir el Directorio Legislativo. La falta de apoyo interno la obligó a retirar su candidatura ante fuertes reveses de quienes eran sus supuestos aliados. Sin embargo, lejos de desaparecer del tablero político, fue electa en 2025 vicepresidenta del Congreso con un amplio respaldo en el plenario, más allá de su bancada y muy a pesar de ella.
Ese episodio evidenció dos cosas: que su peso político no depende del PUSC y que, dentro de su propio partido, su liderazgo genera tensiones, comezón e incomodidad.
Ahora se debe agregar que, tras los resultados electorales del 1 de febrero de 2026, el PUSC sufrió uno de los peores desempeños de su historia reciente. La pérdida de representación y el debilitamiento territorial han abierto un debate interno inevitable: ¿está el partido en fase terminal o será capaz de impulsar una transición generacional e ideológica? Las autoridades del partido han salido a rasgarse las vestiduras por lo ocurrido; sin embargo, múltiples analistas habían predicho el inexorable camino ante una cómoda complicidad.
Es aquí donde la figura de Vanessa Castro adquiere una dimensión estratégica. Como vicepresidenta del Congreso, uno de los cargos más altos ocupados por una dirigente socialcristiana en este ciclo, y como diputada con trayectoria histórica en el partido, ella encarna una disyuntiva: ¿Será quien sostenga el ideario socialcristiano y lo rearticule desde la institucionalidad y la coherencia doctrinal? ¿O será la última en apagar la luz de una estructura que perdió rumbo y conexión con sus principios fundacionales, entregándose de brazos abiertos al liberalismo?
La polemización no es gratuita. El PUSC nació bajo la bandera de la doctrina socialcristiana: justicia social, solidaridad, promoción humana y respeto a la dignidad de la persona. En los últimos años, muchos sectores han cuestionado si esa identidad se diluyó en pragmatismos electorales, disputas internas y figuras del liberalismo que acampan temporalmente en el partido. Esto quedó bien demostrado en la campaña electoral, en la que algunas diputaciones dieron su adhesión a la candidata oficialista. Otras siguen desgranándose de cara al 1 de mayo.
Castro ha mantenido una narrativa distinta: regresar a las raíces doctrinales, fortalecer el partido desde la ética pública y recuperar la credibilidad institucional. Pero sostener esa visión en un partido fragmentado exige algo más que coherencia: requiere un liderazgo articulador.
Ella no es una figura populista. No construye liderazgo a partir de la polémica vacía ni de la figura de poses y gritos. Su perfil es técnico, jurídico, argumentativo. En un contexto de declive partidario, esa virtud puede ser una enorme fortaleza… o una limitación que la excluya de todo círculo de poder, como ya se evidenció durante la campaña.
El momento actual la coloca en el centro de una decisión histórica. Como vicepresidenta de la Asamblea Legislativa, posee visibilidad y capacidad de incidencia. Como social cristiana formada desde su adolescencia en esa tradición, tiene legitimidad doctrinal. Pero el liderazgo no se hereda: se ejerce y ella sabe cuándo, cómo y para qué utilizarlo.
Vanessa Castro Mora está ante un punto de inflexión. Puede intentar reconstruir el partido desde la coherencia institucional y la reivindicación doctrinal, o bien quedar asociado al cierre de un ciclo político que marcó la historia costarricense durante más de cuatro décadas.
No es solo su futuro político el que está en juego después del 1 de mayo. Es el del socialcristianismo y de su legado histórico.
Esa decisión, para una mujer política de su talla, representa un dilema ético profundo: extender la mano para pagar la luz o levantarla para sostener la antorcha que ilumine el cambio generacional y el regreso de su partido a las cartas fundacionales e ideológicas.








