En un escenario regional marcado por el populismo, el conservadurismo y los embates de la ultraderecha, la figura de Claudia Sheinbaum emerge con una singularidad innegable. Es la presidenta mejor evaluada de América Latina. Con un 72.3% de aprobación según CB Global Data (marzo de 2026), encabeza un ranking que incluye a 18 mandatarios y deja atrás, por márgenes estrechos pero significativos, a líderes como Nayib Bukele (71.8%) y a Luis Abinader (58.7%).

Desde su llegada al poder en 2024, la mandataria mexicana ha mantenido niveles de aprobación superiores al 70%, con una tendencia incluso al alza en los primeros meses de 2026. Este respaldo no es casual porque se sostiene, en gran medida, en representar la continuidad de un modelo político heredado del sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Este modelo se basa en programas sociales, en la cercanía a sectores populares y en una narrativa de transformación que conecta con amplias capas de la población. Obrador supo sembrar una semilla de transformación que Claudia cosechará en frutos de progreso social.

Sin embargo, reducir su liderazgo a una mera continuidad sería un error analítico y una mezquindad política hacia una mujer con solvencia técnica, profesional y moral para ocupar el cargo más alto de la nación. Además, Sheinbaum introduce un elemento poco frecuente en la política latinoamericana: una altísima cualificación profesional. Formada en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y doctora en Ingeniería Energética, participó en el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, organismo galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2007. Esta trayectoria la posiciona como una figura atípica en una región donde el liderazgo político suele construirse más a partir de la retórica populista que de la evidencia, la investigación y el análisis crítico y profundo.

Ese perfil técnico no ha desplazado la dimensión política de su gobierno. Al contrario, ha sabido articular ambos planos: el simbólico y el pragmático. Por un lado, representa un hito histórico como la primera mujer en la presidencia de México; por otro, ha logrado mantener una base de apoyo sólida en sectores que perciben beneficios concretos de las políticas públicas. La reducción de la pobreza, las políticas sociales y las transformaciones educativas han sido una muestra de sus logros.

Pero el liderazgo en política no se mide solo por la aprobación. También se mide por la capacidad de afrontar tensiones estructurales. Y ahí es donde el caso de Sheinbaum se vuelve más complejo. Su administración enfrenta desafíos persistentes, entre ellos la inseguridad, la violencia, las tensiones en la política energética y las presiones ambientales. Aunado a lidiar con un vecino incómodo que constantemente amenaza con intervenir en sus asuntos internos y pretende tomar posesión de las riquezas energéticas mexicanas, como otrora lo hicieron para mantener el flujo de petróleo, minerales y productos agrícolas. A pesar de estos frentes abiertos, su nivel de aprobación se mantiene alto en comparación con el de otros líderes de la región, lo que sugiere una resiliencia política significativa.

La estrecha diferencia con Bukele —apenas medio punto porcentual— revela, además, un escenario competitivo en términos de popularidad regional. No obstante, la brecha con el resto de mandatarios es considerable, lo que consolida su posición en la cima del ranking. Este dato no solo habla de su desempeño, sino también de un contexto latinoamericano en el que pocos gobiernos logran mantener altos niveles de legitimidad.

Ahora bien, las encuestas capturan un momento, una percepción, una fotografía política que puede cambiar con rapidez ante los embates políticos, sociales y económicos. En ese sentido, el verdadero desafío de Sheinbaum no será mantenerse como la presidenta mejor evaluada, sino traducir ese capital político en transformaciones duraderas.

Claudia Sheinbaum encarna una combinación poco común: respaldo ciudadano, perfil técnico y peso simbólico. Una tríada que, si logra sostenerse en el tiempo, podría redefinir no solo el rumbo de México, sino también las expectativas sobre el liderazgo político de las mujeres en América Latina.