Para Centroamérica, el riesgo no es solo ser absorbida en ese perímetro, sino convertirse en una zona de fricción permanente: un espacio de experimentación para nuevas formas de control migratorio, digital y extractivo, legitimadas por el relato de un “nosotros continental” sitiado por amenazas difusas.
La primera tentación, al escuchar a Pete Hegseth describir el mapa de la “Greater North America”, es tomarlo como una fanfarronada geopolítica más: un trazo grueso sobre el globo que sirve, sobre todo, para la cámara y el algoritmo. Pero cuando un presidente en funciones redibuja el perímetro de seguridad de su país desde Groenlandia hasta el Canal de Panamá, ya no estamos ante una hipérbole: estamos ante un intento de convertir la cartografía en programa político y la geografía, otra vez, en destino.
Como costarricense, lo más inquietante no es que Donald Trump imagine un superbloque autosuficiente, protegido de las “potencias orientales”, capaz de controlar las rutas árticas, el Golfo rebautizado y la vieja bisagra interoceánica de Panamá. Lo perturbador es la naturalidad con la que su gobierno traza una banda de territorio y la declara “perímetro inmediato de seguridad”, como si la suma de las soberanías que habitamos ese espacio fuese una molestia administrativa, un pie de página en el diseño de una gran zona de exclusión hemisférica.
En América Central conocemos bien esa gramática: primero llega el concepto estratégico, luego la doctrina y, finalmente, el dispositivo permanente —base, puerto, corredor “logístico”– que materializa la abstracción para varias generaciones. La originalidad de la “Greater North America” no está en su apetito expansivo, que remite al viejo Destino Manifiesto, sino en la franqueza con que borra la frontera conceptual entre Norte y Sur para expulsar del “Global South” a todos los países situados al norte del ecuador. No se trata solo de incorporar territorios; se trata de reclasificar moralmente a los vecinos.
Ese gesto cartográfico también reordena el tiempo. Al dibujar una Norteamérica extendida que incluye Groenlandia como “ancla estratégica” y el Canal como válvula natural, Trump intenta insertar al continente en una ucronía imperial donde la historia inconclusa del siglo XIX –expansión, protectorados, diplomacia de cañonera– encuentra, al fin, su actualización tecnológica. Los tratados comerciales recientes aparecen como preámbulos burocráticos de una forma superior de integración, rebautizada, sobria y asépticamente, como “zona de seguridad y prosperidad continental”.
El problema, visto desde San José, es que esa cronología alternativa choca con la memoria. Fuimos, durante décadas, el laboratorio donde se ensayaban estas doctrinas, con sangre ajena. Cuando hoy se nos vende una “super‑región” blindada contra turbulencias externas, uno reconoce la melodía: el mismo estribillo de estabilidad, inversión y “modernización” que acompañó a golpes discretos, guerras proxy y programas de ajuste que redujeron a países enteros a apéndices fiscales de su deuda. El nuevo mapa funciona como una sofisticada forma de recentralizar las decisiones en Washington, disolviendo la palabra “injercia” bajo la neblina tecnocrática de corredores energéticos, estándares de infraestructura y vigilancia compartida.
Hay, sin embargo, un ángulo menos explorado: la fragilidad interior que este proyecto revela. Pocas cosas delatan tanto la inseguridad de un imperio como su obsesión por redibujar mapas. Lo que se presenta como confianza estratégica –un continente capaz de bastarse a sí mismo– es, leído de cerca, una confesión de miedo: a China, al orden multipolar, al desorden climático que reabre rutas polares y redibuja litorales, al agotamiento simbólico de una supremacía que ya no se sostiene solo en el PIB ni en los portaaviones. La “Greater North America” es menos un diseño de largo aliento que una política del nervio expuesto.
Para Centroamérica, el riesgo no es solo ser absorbida en ese perímetro, sino convertirse en una zona de fricción permanente: un espacio de experimentación para nuevas formas de control migratorio, digital y extractivo, legitimadas por el relato de un “nosotros continental” sitiado por amenazas difusas. Bajo la fórmula neutra de una región autosuficiente se esconde la ampliación de un sistema de asimetrías legales: algunos estados deciden, otros acatan; algunos trazan mapas, otros desaparecen dentro de ellos.
Tal vez la tarea intelectual de los países pequeños consista en algo tan poco épico como insistir en el detalle: quién firma, quién paga, quién manda las tropas, quién posee las bases de datos y las terminales de exportación. Resistir la seducción estética del gran mapa continuo y devolver la conversación al terreno incómodo de las relaciones concretas de poder. Porque lo peligroso de la “Greater North America” no es que pretenda ser grande, sino que aspire a ser incuestionable. Y en el recelo casi instintivo de una pequeña república ante cualquier proyecto que se proclama inevitable reside, todavía, una forma modesta pero indispensable de dignidad.








