La información recopilada por la investigación académica y las organizaciones internacionales evidencia un fenómeno más amplio, en el que culpar a las madres por la crianza de sus hijos no solo resulta insuficiente, sino que también distorsiona el problema.

La idea de que las madres podrían ser responsables de “criar futuros agresores” ha vuelto al debate público a raíz de un artículo publicado en Newtral por la periodista Ana Ordaz. El texto recoge una discusión que, aunque recurrente, sigue generando controversia por su capacidad para simplificar un fenómeno complejo como la violencia ejercida por hombres en la vida adulta.

Diversos estudios en psicología del desarrollo y en criminología han señalado que la infancia es una etapa determinante en la construcción de conductas. En esta etapa, la socialización temprana —incluida la regulación emocional, la exposición a la violencia o la interiorización de roles de género— puede influir en comportamientos posteriores. En ese proceso, las figuras parentales tienen un peso importante, particularmente en contextos en los que las mujeres asumen la mayor carga de cuidados.

Sin embargo, la evidencia citada tanto en el propio reportaje como en estudios complementarios introduce un matiz clave y complejo, debido a que esa influencia no es ni exclusiva ni suficiente para explicar la violencia. Expertos señalan que culpar a las madres puede ser un problema tanto en el análisis como en la política. Esto desvía la atención de los factores estructurales y centra la culpa en lo individual, lo que termina por reforzar la culpabilidad de las mujeres.

La investigación internacional ha sido consistente en este punto, pues informes de la Organización Mundial de la Salud y de ONU Mujeres han documentado que la violencia de género responde a una combinación de factores como son la desigualdad económica, normas sociales que legitiman la dominación masculina, entornos comunitarios violentos, consumo de sustancias y modelos culturales de masculinidad. Estos elementos no se reducen a la esfera doméstica ni a una sola figura parental.

A esto se suma una omisión recurrente en el debate contemporáneo, como lo es la corresponsabilidad. Estudios sobre dinámicas familiares han mostrado que la crianza se sigue asumiendo desproporcionadamente por las mujeres, mientras que la participación masculina es menor o, en muchos casos, inexistente. En ese contexto, atribuir a las madres la formación de futuros agresores no solo es incompleto, sino que también invisibiliza la ausencia o el rol de los padres y, más ampliamente, del entorno social que refuerza determinados comportamientos.

La sociología de la masculinidad ha aportado una nueva capa de análisis, como en las investigaciones como las de Raewyn Connell han demostrado que los modelos de “ser hombre” se construyen colectivamente a través de instituciones, medios de comunicación, espacios educativos y dinámicas culturales que trascienden el ámbito familiar. Es ahí donde se consolidan prácticas, lenguajes y jerarquías que pueden legitimar la violencia.

En ese marco, la pregunta sobre quién “cría” a los agresores pierde sentido si se formula en términos individuales. La evidencia apunta a que la violencia no es el resultado directo de una crianza defectuosa, sino de un entramado social que reproduce desigualdades y normaliza ciertas formas de poder. Esto no exime a las familias de su papel en la formación de valores, pero sí obliga a ubicar ese rol dentro de un sistema más amplio.

El valor del artículo de Newtral radica precisamente en abrir esa discusión, aunque el debate público tiende a quedarse en la superficie. Insistir en la responsabilidad exclusiva de las madres no solo simplifica el problema. También puede obstaculizar la implementación de políticas efectivas en los ámbitos de la educación en igualdad, la prevención de la violencia, la promoción de la corresponsabilidad parental y la transformación de normas sociales que siguen legitimando la agresión como forma de afirmación masculina.

En última instancia, la pregunta que la sociedad debe plantearse no es si las madres crían agresores, sino por qué las sociedades siguen generando condiciones en las que esa violencia es posible. La respuesta, como muestran los estudios, está menos en el ámbito privado de la crianza y más en las estructuras que organizan la vida colectiva.

Referencias:

ONU Mujeres. (2020). Hechos y cifras: Poner fin a la violencia contra las mujeres.

Ordaz, A. (2026, mayo 3). La culpa de criar futuros agresores. Newtral.

Organización Mundial de la Salud. (2021). Violence against women prevalence estimates, 2018. OMS.

Raewyn Connell. (2005). Masculinities (2.ª ed.). University of California Press.