Desde la estructura del ADN hasta la composición de las estrellas, numerosas investigadoras hicieron descubrimientos decisivos que fueron atribuidos públicamente a sus colegas, supervisores o esposos. Sus historias revelan distintas formas de desigualdad en el reconocimiento científico, aunque no todas pueden describirse como apropiaciones de autoría.

En 1974, Jocelyn Bell Burnell vio cómo su supervisor recibía el Premio Nobel de Física por una investigación en la que ella había detectado las primeras señales de los púlsares. Diecisiete años antes, Chien-Shiung Wu había realizado el experimento que confirmó una de las propuestas más importantes de la física moderna, pero el Nobel reconoció únicamente a los dos científicos que formularon la teoría. Lise Meitner tampoco fue reconocida entre las personas premiadas por el descubrimiento de la fisión nuclear.

Sus historias suelen circular como ejemplos de hombres que robaron descubrimientos a mujeres. La indignación tiene fundamentos históricos, aunque esa explicación no describe adecuadamente todos los casos. Algunas investigadoras fueron excluidas de premios; otras vieron sus resultados cuestionados por figuras de mayor autoridad o recibieron menos reconocimiento público que quienes, posteriormente, utilizaron sus hallazgos. También existen relatos populares que atribuyen a las mujeres contribuciones que aún no han podido documentarse, pero que se convierten en dudas bien fundamentadas en las que las academias y los centros de investigación deberían profundizar.

Reconstruir esas diferencias permite reconocer lo que cada una descubrió y comprender cómo se ha escrito la historia de la ciencia.

Las científicas que quedaron fuera de los grandes premios

Lise Meitner contribuyó a explicar la fisión nuclear junto con su sobrino, Otto Frisch, tras obtenerse resultados experimentales que indicaban la transformación del uranio por parte de Otto Hahn y Fritz Strassmann. Meitner había abandonado Alemania en 1938 debido a la persecución nazi contra las personas de ascendencia judía. Hahn recibió el Premio Nobel de Química de 1944 en solitario. La explicación física de Meitner y Frisch forma parte del descubrimiento, aunque el premio reconoció únicamente al químico alemán. 

Jocelyn Bell Burnell identificó en 1967 señales periódicas inusuales mientras examinaba los registros de un radiotelescopio durante su doctorado en Cambridge. Aquellas observaciones condujeron al descubrimiento de los púlsares. El Nobel de Física de 1974 fue concedido a Antony Hewish, su supervisor, y a Martin Ryle. Bell Burnell quedó fuera del reconocimiento, pese a haber realizado la detección inicial que permitió desarrollar la investigación.

Chien-Shiung Wu diseñó y dirigió el experimento que confirmó que la paridad, una simetría que se consideraba válida en las interacciones subatómicas, no se conservaba en determinados procesos. Tsung-Dao Lee y Chen-Ning Yang habían propuesto teóricamente esa posibilidad y recibieron el Premio Nobel de Física de 1957. El discurso oficial de entrega mencionó expresamente el experimento de Wu y sus colaboradores, pero ella no figuró entre las personas premiadas. 

Candace Pert identificó receptores opioides en el cerebro cuando era estudiante de doctorado en el laboratorio de Solomon Snyder. En 1978, Snyder recibió el Premio Lasker de Investigación Médica Básica junto con Hans Kosterlitz y John Hughes por sus aportaciones al estudio de los receptores y las encefalinas. Pert no fue premiada. La propia Fundación Lasker conserva el discurso en el que Snyder reconoce haber identificado esos receptores durante su formación doctoral. Su contribución está documentada incluso en el registro del reconocimiento del que quedó excluida. 

Descubrimientos que quedaron asociados con otros nombres

La historia de Rosalind Franklin exige una lectura más cuidadosa que la conocida afirmación de que Watson y Crick le robaron una fotografía. Franklin y su estudiante, Raymond Gosling, obtuvieron datos de difracción de rayos X fundamentales para determinar la estructura del ADN. Parte de esa información llegó a James Watson y Francis Crick sin que se aclarara adecuadamente con Franklin cómo se utilizaría. En 1962, Watson, Crick y Maurice Wilkins recibieron el Nobel; Franklin había fallecido cuatro años antes.

Una investigación publicada en 2023 en Nature por Matthew Cobb y Nathaniel Comfort recuperó documentos que permiten reconocer a Franklin como participante intelectual de pleno derecho en la resolución de la doble hélice. Reducirla a la científica que tomó una fotografía cuyo significado comprendieron otros reproduce, precisamente, una versión que disminuye su capacidad investigadora. 

Cecilia Payne-Gaposchkin concluyó en su tesis doctoral de 1925 que las estrellas estaban compuestas principalmente de hidrógeno y helio. Henry Norris Russell, una autoridad en astronomía de la época, cuestionó el resultado y Payne terminó por expresar reservas sobre su propia conclusión. Posteriormente, las observaciones confirmaron que tenía razón. Russell publicó trabajos que respaldaban aquella composición estelar y alcanzó una posición mucho más visible en el relato del descubrimiento. La American Physical Society documenta tanto la resistencia inicial a sus resultados como las dificultades profesionales que Payne enfrentó en Harvard. 

Nettie Stevens demostró en 1905 la relación entre los cromosomas y la determinación del sexo mediante investigaciones con escarabajos. Edmund Beecher Wilson publicó ese mismo año trabajos sobre los cromosomas sexuales y reconoció los resultados de Stevens. Por ello, no corresponde acusarlo de haber publicado su descubrimiento como propio. La diferencia radica en la notoriedad posterior de ambos nombres y en el insuficiente reconocimiento que recibió la investigación de Stevens.

Esther Lederberg descubrió el bacteriófago lambda en 1951 y realizó contribuciones importantes a la genética bacteriana. Su esposo, Joshua Lederberg, recibió una parte del Premio Nobel de Medicina de 1958 por sus investigaciones sobre la recombinación genética y la organización del material genético bacteriano. El premio no correspondía específicamente al descubrimiento del fago lambda, por lo que sería incorrecto afirmar que se le concedió a Joshua por una investigación que Esther había realizado por sí sola. Su trayectoria permite examinar, en cambio, cómo se distribuyeron la autoridad científica y el reconocimiento en una colaboración matrimonial.

Henrietta Swan Leavitt descubrió la relación entre el período de variación del brillo de las estrellas Cefeidas y su luminosidad. Ese hallazgo permitió calcular distancias astronómicas y resultó indispensable para investigaciones posteriores, incluidas las de Edwin Hubble. La NASA sitúa expresamente el trabajo de Leavitt entre los antecedentes que hicieron posible medir las distancias a otras galaxias y estudiar la expansión del universo. Hubble no publicó la ley de Leavitt como propia, pero su nombre alcanzó una notoriedad pública mucho mayor que la de la astrónoma. 

Cuando la autoría fue apropiada

La historia de Margaret Keane pertenece al ámbito del arte, pero ofrece un contraste útil porque, en su caso, sí se documentó una apropiación directa. La pintora creó las conocidas obras de personajes con ojos grandes que su esposo, Walter Keane, presentó durante años como propias. En 1986, durante un juicio, Margaret pintó ante el tribunal para demostrar su autoría. El jurado falló a su favor.

Su experiencia muestra por qué conviene distinguir entre recibir menos reconocimiento, quedar fuera de un premio y atribuirse una obra ajena. Son situaciones diferentes y cada una exige pruebas específicas.

Las mujeres cuyos aportes requieren recuperar la historia completa

Mary Hunt participó en las investigaciones que permitieron aumentar la producción de penicilina durante la Segunda Guerra Mundial. Su nombre está asociado a la identificación de una cepa de Penicillium especialmente productiva, hallada en un melón contaminado con moho. La producción industrial del antibiótico fue, sin embargo, un esfuerzo colectivo. Alexander Fleming, Ernst Chain y Howard Florey recibieron el Premio Nobel de Medicina de 1945 por el descubrimiento de la penicilina y su efecto curativo.

El Science History Institute ha recuperado la historia de Hunt y ha señalado una dificultad frecuente en la memoria científica: los relatos populares recuerdan el momento del descubrimiento, pero prestan menos atención al trabajo experimental y técnico que permite convertirlo en un tratamiento disponible para millones de personas. En ese proceso participaron investigadoras cuya contribución quedó fuera de las narraciones más conocidas. 

Alice Guy-Blaché tampoco fue científica, pero su trayectoria ayuda a comprender la exclusión de las mujeres de las historias oficiales de la disciplina. Fue una de las primeras directoras y productoras cinematográficas y produjo películas narrativas desde los inicios del cine. Durante décadas, su trabajo recibió una atención muy inferior a la de otros pioneros. No está documentado, en cambio, que dirigiera la primera película de ciencia ficción, como afirman algunas publicaciones en redes sociales. Su contribución debe reconocerse por lo que efectivamente realizó.

El caso de Mileva Marić plantea una responsabilidad editorial distinta. Estudió física y matemáticas, mantuvo conversaciones científicas con Albert Einstein y compartió con él una etapa decisiva de su formación. No existen pruebas suficientes para afirmar que coescribió los artículos de 1905 de Einstein. Su historia merece investigarse por las condiciones educativas, familiares y profesionales que limitaron las trayectorias de muchas mujeres con formación científica, sin atribuirle una autoría que los documentos disponibles no permiten confirmar.

Estas últimas historias revelan por qué recuperar a las mujeres exige algo más que sustituir el nombre de un hombre por el de una mujer. Es necesario reconstruir las investigaciones, las colaboraciones, las condiciones laborales y los criterios con los que unas contribuciones adquirieron prestigio y otras quedaron relegadas.

La pregunta que dejan estas trayectorias no se limita a quién recibió un premio. También obliga a examinar quién pudo dirigir un laboratorio, publicar con autoridad, sostener una carrera investigadora y ser recordada por su propio trabajo.

Referencias bibliográficas

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American Physical Society. (s. f.). Cecilia Payne-Gaposchkin. https://www.aps.org/people/cecilia-payne-gaposchkin

Cobb, M., & Comfort, N. (2023). What Rosalind Franklin truly contributed to the discovery of DNA’s structure. Nature, 616, 657–660. https://doi.org/10.1038/d41586-023-01313-5

Lasker Foundation. (1978). Opiate receptors and enkephalins. https://laskerfoundation.org/winners/opiate-receptors-and-enkephalins/

National Aeronautics and Space Administration. (s. f.). What is dark energy? Inside our accelerating, expanding universe. https://science.nasa.gov/dark-energy/

Nature. (2023). How Rosalind Franklin was let down by DNA’s dysfunctional team. Nature, 616, 630. https://doi.org/10.1038/d41586-023-01390-6

Nobel Prize Outreach. (1957). The Nobel Prize in Physics 1957: Award ceremony speech. https://www.nobelprize.org/prizes/physics/1957/ceremony-speech/

Science History Institute. (2023, 10 de octubre). The forgotten mother of penicillin [Episodio de pódcast]. https://www.sciencehistory.org/stories/disappearing-pod/the-forgotten-mother-of-penicillin/

Sutton, B. (2023, 14 de abril). The story behind Photograph 51. King’s College London. https://www.kcl.ac.uk/the-story-behind-photograph-51