El cáncer de mama produjo más de 218.000 nuevos diagnósticos y 61.000 muertes en América Latina y el Caribe en 2024, según estimaciones de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, publicadas en 2026. Aunque no todos los casos pueden prevenirse, reducir algunos factores de riesgo, reconocer cambios en las mamas y acceder oportunamente al diagnóstico y al tratamiento puede modificar el curso de la enfermedad.

Octubre vuelve a colocar el cáncer de mama en campañas, medios de comunicación, instituciones y espacios públicos de las Américas. La visibilidad tiene valor, pero la información que la acompaña debe ser precisa. No existe una conducta capaz de prevenir todos los casos de cáncer de mama, y tampoco todas las mujeres presentan factores de riesgo identificables antes del diagnóstico. La prevención, por tanto, comienza por comprender qué riesgos pueden reducirse y continúa con sistemas de salud capaces de detectar y tratar oportunamente la enfermedad.

Las estimaciones más recientes de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer, publicadas en 2026 a partir de GLOBOCAN 2024, calculan 218.121 nuevos casos de cáncer de mama y 61.565 muertes por esta enfermedad en América Latina y el Caribe en 2024. El cáncer de mama fue el que presentó el mayor número de nuevos casos estimados en la región al considerar ambos sexos.

Estas cifras adquieren otra dimensión al compararse entre distintas regiones, pues la tasa estandarizada de incidencia entre las mujeres alcanzó 49,8 casos por cada 100.000 en América Latina y el Caribe, mientras que en América del Norte llegó a 95,2 casos por cada 100.000. Una incidencia más elevada, sin embargo, no permite concluir por sí sola que una población presente peores resultados. La mortalidad también depende de la capacidad para detectar la enfermedad, obtener un diagnóstico oportuno y acceder a un tratamiento adecuado.

La Organización Mundial de la Salud advierte que aproximadamente el 80 % de los cánceres de mama ocurre en mujeres sin factores de riesgo específicos conocidos distintos del sexo y la edad. Este dato resulta particularmente importante porque cuestiona la idea de que la enfermedad aparece únicamente entre quienes tienen antecedentes familiares o determinados estilos de vida.

La edad, la obesidad, el consumo de alcohol, los antecedentes familiares de cáncer de mama, la exposición previa a la radiación, algunos antecedentes reproductivos, el consumo de tabaco y determinadas terapias hormonales posteriores a la menopausia se encuentran entre los factores asociados a un mayor riesgo. Ser mujer es el principal factor de riesgo, y la probabilidad de desarrollar la enfermedad aumenta con la edad.

Los antecedentes familiares merecen una consideración especial porque tener familiares con cáncer de mama puede elevar el riesgo, pero la mayoría de las mujeres diagnosticadas no presenta antecedentes familiares conocidos. La ausencia de casos en la familia no implica, por ello, ausencia de riesgo.

Algunas decisiones individuales pueden contribuir a disminuirlo. El Código Latinoamericano y Caribeño contra el Cáncer, desarrollado con la participación de la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer y de la Organización Panamericana de la Salud, recomienda mantener un peso saludable, realizar actividad física de forma regular, no fumar y evitar el consumo de bebidas alcohólicas como parte de las medidas para reducir el riesgo de desarrollar distintos tipos de cáncer.

Hablar de reducción del riesgo es más preciso que afirmar que un estilo de vida saludable previene el cáncer de mama. Una mujer puede mantener hábitos saludables y, aun así, desarrollar la enfermedad. Presentar la prevención como una garantía individual, además de ser científicamente incorrecto, puede atribuirles a las pacientes una responsabilidad que no les corresponde.

Ahora bien, la detección temprana comienza por reconocer que una modificación en la mama requiere atención médica. La Organización Mundial de la Salud incluye entre los signos que deben valorarse la aparición de un nódulo o engrosamiento, especialmente cuando no produce dolor, los cambios en el tamaño, la forma o el aspecto de la mama, las alteraciones de la piel y las modificaciones en el pezón o la aréola.

La ausencia de dolor tampoco debe interpretarse como una señal de tranquilidad, ya que los primeros cambios asociados a un cáncer pueden no causar dolor, y la recomendación de la OMS es solicitar atención médica ante cualquier alteración anormal en la mama, incluso cuando no sea dolorosa.

Conviene diferenciar esta vigilancia del tamizaje mediante mamografía, ya que el diagnóstico temprano busca identificar y evaluar rápidamente los signos o síntomas ya presentes. El tamizaje busca detectar posibles lesiones en mujeres que aún no presentan síntomas. Son intervenciones relacionadas, pero cumplen funciones distintas.

La mamografía constituye una herramienta fundamental para determinados grupos de mujeres, aunque no existe una edad única aplicable de manera automática a todas las poblaciones y circunstancias. La OMS sitúa generalmente entre los 50 y los 69 años a la población objetivo de los programas organizados de mamografía, mientras que las recomendaciones específicas pueden variar según el país, el riesgo individual y las características de cada sistema sanitario. Por esa razón, las decisiones sobre la periodicidad y la edad de inicio deben seguir las recomendaciones nacionales y la valoración de los profesionales de la salud.

Un dato relevante es que las diferencias internacionales permiten observar una desigualdad que las campañas de concienciación no siempre evidencian. Según la OMS, en los países con un índice de desarrollo humano muy alto, aproximadamente una de cada doce mujeres será diagnosticada con cáncer de mama a lo largo de su vida y una de cada 71 morirá por la enfermedad. En los países con bajo desarrollo humano, aproximadamente una de cada 27 mujeres recibirá el diagnóstico, pero una de cada 48 morirá.

La diferencia revela que registrar una incidencia menor no implica necesariamente una situación más favorable. Las posibilidades de supervivencia también están relacionadas con la capacidad de los sistemas sanitarios para identificar los casos, confirmar el diagnóstico y iniciar el tratamiento sin demoras innecesarias.

La Organización Panamericana de la Salud ha advertido sobre las dificultades que enfrentan los países de ingresos bajos y medianos para establecer programas organizados de detección mamográfica de calidad y con cobertura suficiente. Las barreras geográficas, económicas y sanitarias pueden convertir el diagnóstico oportuno en una posibilidad desigual para mujeres que viven en la misma región.

La respuesta internacional intenta actuar precisamente sobre ese recorrido. La Iniciativa Mundial contra el Cáncer de Mama de la OMS plantea reducir la mortalidad mundial por esta enfermedad en un 2,5 % cada año y evitar 2,5 millones de muertes entre 2020 y 2040. Su estrategia se basa en la promoción de la salud para favorecer la detección temprana, el diagnóstico oportuno y el manejo integral del cáncer de mama.

En las Américas, la OPS estima que la aplicación de esta iniciativa podría evitar alrededor de 480.000 muertes en un periodo de 20 años. Alcanzar esa reducción depende de algo más complejo que aumentar el conocimiento sobre la existencia de la enfermedad. Una mujer que reconoce una alteración necesita encontrar un servicio de salud, obtener una evaluación, completar los estudios requeridos y, cuando se diagnostica cáncer, iniciar y mantener el tratamiento indicado.

Por eso, la concienciación sobre el cáncer de mama cumple su propósito cuando la información conduce a decisiones mejor fundamentadas. Mantener actividad física, evitar el tabaco y el alcohol, y procurar un peso saludable pueden contribuir a reducir determinados riesgos, pero ninguna de estas medidas elimina la posibilidad de desarrollar la enfermedad.

Conocer las mamas y prestar atención a sus cambios tampoco sustituye una evaluación médica ni los programas de cribado recomendados para cada población. Su utilidad radica en reconocer una alteración y buscar atención sin esperar a que aparezca dolor ni a que el cambio se vuelva más evidente.

El desafío sanitario comienza entonces antes del diagnóstico y continúa después de él. Requiere información comprensible, servicios accesibles, diagnóstico oportuno y tratamientos disponibles para mujeres de distintos territorios y con distintas condiciones socioeconómicas. La prevención del cáncer de mama también depende de estas condiciones colectivas.

Durante octubre, cuando edificios, campañas y publicaciones vuelven a teñirse de rosa, las cifras recuerdan la dimensión humana que hay detrás del símbolo. En América Latina y el Caribe, más de 218.000 mujeres recibieron un nuevo diagnóstico de cáncer de mama en 2024 y más de 61.000 murieron por la enfermedad. Reducir esas muertes exige prevenir aquello que la evidencia permite evitar y asegurar que una sospecha de cáncer reciba una respuesta sanitaria oportuna.

Referencias

International Agency for Research on Cancer. (2026). Global Cancer Observatory. Cancer Today. Latin America and the Caribbean. World Health Organization.
https://gco.iarc.who.int/today/en/fact-sheets-populations/904/latin-america-and-the-caribbean

International Agency for Research on Cancer, & Pan American Health Organization. (2023). Latin America and the Caribbean Code Against Cancer. World Health Organization.
https://cancer-code-lac.iarc.who.int/

Organización Panamericana de la Salud. (s. f.). Cáncer de mama. OPS/OMS.
https://www.paho.org/es/temas/cancer-mama

Organización Panamericana de la Salud. (2024, 21 de noviembre). Cali inicia la implementación de la Iniciativa Global contra el Cáncer de Mama en las Américas. OPS/OMS.
https://www.paho.org/es/noticias/21-11-2024-cali-inicia-implementacion-iniciativa-global-contra-cancer-mama-americas

World Health Organization. (2026, 3 de julio). Breast cancer. World Health Organization.
https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/breast-cancer