Detrás de una sonrisa, de una rutina cotidiana o de alguien que aparentemente está bien, puede existir un sufrimiento emocional que nadie alcanza a ver. Escuchar sin juzgar, preguntar con empatía, acompañar y hablar abiertamente sobre el suicidio puede romper el silencio, facilitar la búsqueda de ayuda profesional y contribuir a prevenir una muerte.

Dr. Miguel A. Torres Batista

Detrás de cada cifra hay una persona, una historia y una ausencia. Sin embargo, todavía persiste la creencia de que el suicidio solo les ocurre a quienes “están mal de la cabeza”, a quienes parecen haber perdido el contacto con la realidad o que muestran señales evidentes de sufrimiento. Esa idea contribuye al estigma y puede dificultar que las personas pidan ayuda. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 727.000 personas murieron por suicidio en el mundo en 2021 y muchas más intentaron suicidarse. Por cada muerte se estima que hay alrededor de 20 intentos, aunque la relación varía según la población y el contexto.

Una persona puede sonreír, trabajar, cuidar a sus hijos, hacer chistes y parecer estar bien mientras atraviesa un profundo sufrimiento emocional. Algunas personas describen esta experiencia como una “depresión sonriente”, una expresión divulgativa que no constituye un diagnóstico clínico. La apariencia externa, por sí sola, no permite conocer el estado de salud mental de alguien ni descartar la presencia de pensamientos suicidas.

La atención sanitaria también ofrece oportunidades importantes para identificar el riesgo. Una revisión sistemática de estudios publicados entre 2000 y 2017 encontró que, en promedio, el 44 % de las personas que murieron por suicidio habían tenido contacto con la atención primaria en el mes anterior. Esto no significa que todas hubieran expresado pensamientos suicidas ni que el riesgo hubiera sido necesariamente reconocible durante esas consultas. Sí, demuestra la importancia de que los servicios sanitarios puedan explorar el sufrimiento emocional cuando existan señales o circunstancias que lo justifiquen.

Desde la neurociencia, no existe una única “zona del suicidio” ni un interruptor cerebral que lo active. Las investigaciones han estudiado circuitos relacionados con la regulación emocional, el control de impulsos, la toma de decisiones y el procesamiento de amenazas, especialmente las conexiones entre regiones de la corteza prefrontal y estructuras como la amígdala. En determinados grupos de personas con antecedentes de intentos suicidas se han observado diferencias funcionales y estructurales, pero los resultados son heterogéneos y aún no permiten establecer un marcador cerebral de utilidad clínica.

También se han investigado los sistemas serotoninérgicos, la respuesta al estrés y los procesos inflamatorios. Algunos estudios han encontrado asociaciones entre estas variables y las conductas suicidas, aunque sus resultados no permiten afirmar que todas las personas en riesgo presenten una disminución de la serotonina ni un estado neurobiológico específico. La investigación continúa intentando comprender cómo interactúan estos mecanismos y por qué algunas personas desarrollan conductas suicidas mientras que otras, expuestas a condiciones similares, no lo hacen.

Por ello, no podemos predecir quién intentará suicidarse a partir de sus neuroimágenes. El suicidio es un fenómeno multifactorial en el que interactúan la biología, la psicología y el contexto social. La depresión, el trastorno bipolar, los trastornos por consumo de sustancias y otras afecciones de salud mental pueden aumentar el riesgo, pero la mayoría de las personas que viven con estos diagnósticos no mueren por suicidio. Tampoco todas las personas que presentan conductas suicidas tienen un trastorno mental diagnosticado.

La OMS reconoce, además, la influencia de las crisis económicas, los conflictos de pareja, el dolor crónico, las enfermedades, la violencia, los abusos, las pérdidas, la discriminación y el aislamiento. Estos factores pueden acumularse o interactuar de manera distinta en cada persona. Comprenderlos exige escuchar su historia y evitar explicaciones que reduzcan el suicidio a una sola causa.

Por eso, no juzgues lo que no puedes ver. Tu profesor puede estar sufriendo mientras califica exámenes. Tu amiga, que siempre se ríe, puede atravesar una situación difícil que no ha compartido. Tu hijo adolescente puede tener pensamientos que no se atreve a nombrar. Tu colega, que parecía estar bien, puede llevar meses enfrentándose al insomnio, al agotamiento o a la angustia. Ninguna de estas situaciones demuestra por sí misma que exista riesgo suicida, pero todas recuerdan la importancia de mantener espacios de confianza y atención.

Escuchar, preguntar y acompañar son acciones que pueden ayudar. Hablar sobre el suicidio no lleva a una persona a quitarse la vida. La OMS señala que preguntar de manera directa y comprensiva si alguien está pensando en suicidarse puede reducir la ansiedad, ayudar a que se sienta comprendido y abrir la posibilidad de buscar apoyo. Conviene hacerlo sin juicios, sin minimizar lo que expresa y sin prometer mantener en secreto una situación que pueda poner su vida en peligro.

Si una persona manifiesta pensamientos suicidas, es importante tomarla en serio, permanecer con ella ante un peligro inmediato y facilitar el contacto con profesionales de la salud o con servicios de emergencia. No corresponde a familiares ni a amistades asumir por sí solos una evaluación clínica ni intentar resolver la crisis únicamente mediante consejos. Las intervenciones breves de seguimiento y contacto, integradas a la atención sanitaria, cuentan con evidencia de utilidad preventiva, aunque su eficacia depende del programa, de la población y de las condiciones de aplicación.

El cerebro humano conserva capacidad de adaptación, y el sufrimiento emocional puede mejorar con apoyo, psicoterapia, tratamiento farmacológico cuando esté indicado y otras intervenciones basadas en evidencia. La recuperación no sigue el mismo camino para todas las personas y requiere considerar tanto sus necesidades clínicas como las circunstancias sociales que inciden en su bienestar.

El primer paso puede ser una conversación, pero la prevención también requiere servicios accesibles, profesionales capacitados, redes de apoyo y políticas públicas. Reconocer el sufrimiento sin estigmatizarlo permite que una persona no tenga que ocultarlo para conservar la aceptación de quienes la rodean. Pedir ayuda debe ser posible sin vergüenza y recibirla debe ser un derecho.

Referencias:

Luoma, J. B., Martin, C. E., & Pearson, J. L. (2002). Contact with mental health and primary care providers before suicide: A review of the evidence. American Journal of Psychiatry, 159(6), 909–916. https://doi.org/10.1176/appi.ajp.159.6.909

Organización Mundial de la Salud. (2025, 25 de marzo). Suicidio. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/suicide

Organización Mundial de la Salud. (s. f.). Suicide. https://www.who.int/news-room/questions-and-answers/item/suicide

Organización Mundial de la Salud. (s. f.). Usefulness of regular contact. https://www.who.int/teams/mental-health-and-substance-use/treatment-care/mental-health-gap-action-programme/evidence-centre/self-harm-and-suicide/usefulness-of-regular-contact

Pigoni, A., Delvecchio, G., Turtulici, N., Madonna, D., Pietrini, P., Cecchetti, L., & Brambilla, P. (2024). Machine learning and the prediction of suicide in psychiatric populations: A systematic review. Translational Psychiatry, 14, Article 140. https://doi.org/10.1038/s41398-024-02852-9

Stene-Larsen, K., & Reneflot, A. (2019). Contact with primary and mental health care prior to suicide: A systematic review of the literature from 2000 to 2017. Scandinavian Journal of Public Health, 47(1), 9–17. https://doi.org/10.1177/1403494817746274