En la religiosidad popular mexicana, la Virgen María y la Santa Muerte reciben flores, velas y súplicas, aunque pertenecen a tradiciones de legitimidad muy distinta. Entre la maternidad, la sanación, el castigo y la violencia, sus imágenes permiten explorar las contradicciones de una sociedad que venera figuras femeninas mientras mantiene profundas desigualdades en la vida de las mujeres.

La Virgen María sostiene a un niño entre sus brazos; la Santa Muerte lleva una guadaña entre los huesos de sus manos. Una tiene el rostro sereno de la madre inmaculada; la otra carece de piel, de edad y de belleza. En los altares mexicanos ambas reciben flores, velas y plegarias, aunque la Iglesia católica reconoce a la primera y rechaza el culto a la segunda.

En México, la muerte tiene una figura esquelética que habita hogares, comercios y santuarios populares, pero también ha sido encontrada en espacios relacionados con el narcotráfico y otras actividades criminales. Ante ella se arrodillan quienes buscan salud, trabajo o protección para sus familias y quienes pretenden obtener amparo mientras ejercen la violencia. Esta convivencia de propósitos ha contribuido a construir una imagen pública de la Santa Muerte que oscila entre la devoción y el temor.

Su historia religiosa es tan compleja como las creencias que la rodean, ya que los investigadores Kate Kingsbury y R. Andrew Chesnut identifican influencias de las representaciones europeas de la muerte introducidas durante la colonización y de concepciones indígenas mesoamericanas, a las que se incorporaron prácticas de curanderismo, magia popular y otras tradiciones espirituales. De ese encuentro surgió una devoción que utiliza elementos del catolicismo sin pertenecer a su doctrina y que atribuye a la muerte facultades para proteger, sanar y castigar.

La comparación con la Virgen María adquiere un significado especial cuando se examina desde la construcción cultural de lo femenino, pues durante siglos la tradición católica ha exaltado la maternidad, la pureza y el sacrificio como atributos marianos, aunque María representa también el sufrimiento de una madre que presencia la crucifixión de su hijo. La Santa Muerte, en cambio, posee una autoridad que puede resultar amenazante, ya que sus devotos le solicitan desde la curación de una enfermedad hasta la reparación de agravios, la protección frente a enemigos o la eliminación de maleficios.

Esta diferencia permite reconocer las expectativas que históricamente han condicionado la vida de las mujeres. A la madre se le exige cuidar, perdonar y preservar la vida, mientras que el castigo y la autoridad severa suelen asociarse con otras formas de poder. La Santa Muerte desborda simbólicamente ese ideal femenino, pues puede ser maternal sin ser dócil y protectora sin renunciar a infundir miedo. Sin embargo, esa transgresión religiosa no implica necesariamente una transformación de las relaciones entre mujeres y hombres.

La antropóloga Kingsbury documentó en Cancún un santuario dirigido por Yuri Méndez, quien se identifica como bruja, chamana y curandera. Allí, un equipo de mujeres organiza prácticas religiosas y atiende las necesidades de su comunidad, en una experiencia que la investigadora interpreta como una forma discreta de afirmación femenina. Mediante estas actividades, las participantes adquieren reconocimiento social, ingresos y una autoridad que no depende de la jerarquía eclesiástica.

El caso resulta significativo porque, aunque las mujeres han desempeñado un papel fundamental en la transmisión de la fe y en las labores comunitarias de cuidado, siguen excluidas del sacerdocio católico. La Santa Muerte, por el contrario, recibe su autoridad de quienes la veneran, sin necesidad de reconocimiento institucional porque su culto no constituye por sí mismo un movimiento feminista, pero algunos de sus espacios permiten a las mujeres ejercer liderazgos que encuentran mayores restricciones en otras estructuras religiosas.

La maternidad y los cuidados ofrecen otra perspectiva para comprender esta devoción, ya que en numerosas sociedades latinoamericanas, las mujeres continúan asumiendo la mayor parte de las responsabilidades relacionadas con la crianza, la alimentación, la salud y la atención de personas dependientes. Cuando la pobreza, la enfermedad o la violencia amenazan la estabilidad familiar, las prácticas religiosas pueden convertirse en recursos de consuelo y protección que acompañan, y en ocasiones sustituyen, respuestas institucionales insuficientes.

Durante la pandemia de COVID-19, Kingsbury y Chesnut documentaron peticiones dirigidas a la Santa Muerte para obtener salud y protección frente al contagio. La muerte era invocada para evitar morir, una aparente contradicción que adquiere sentido dentro de una religiosidad en la que aquello que se teme también puede proporcionar amparo. Desde una lectura de género, esta práctica recuerda las exigencias que recaen sobre las mujeres, responsables de preservar la vida de otros incluso cuando carecen de recursos materiales para hacerlo.

Sin embargo, la devoción también posee una dimensión oscura, especialmente visible en su apropiación por parte de sectores de la narcocultura. Algunos integrantes del crimen organizado han utilizado su iconografía y han levantado altares para solicitar protección, suerte o impunidad, aunque los estudios antropológicos advierten que asociar indiscriminadamente a sus seguidores con la delincuencia desconoce la diversidad del culto. Altares que se extienden por varios países de Latinoamérica, como Costa Rica, Colombia, Ecuador, entre otros.

Laura Roush, al estudiar las prácticas de un altar en Tepito, Ciudad de México, encontró una comunidad religiosa marcada por necesidades de protección y por el rechazo a la criminalización de sus creencias. Su investigación permite comprender que la Santa Muerte puede representar un refugio para personas socialmente vulnerables, aunque determinadas apropiaciones de su imagen también funcionen como instrumentos de amenaza.

Esta contradicción adquiere una dimensión particularmente perturbadora desde la violencia de género porque un hombre puede venerar una figura femenina como autoridad sobrenatural y, al mismo tiempo, participar en relaciones sociales que subordinan, degradan o agreden a mujeres reales, como ocurre en la narcocultura. La veneración de lo femenino como símbolo no garantiza el reconocimiento de la autonomía, la libertad ni la integridad de las mujeres.

La historia religiosa ofrece numerosos ejemplos de esa distancia entre la exaltación simbólica de la maternidad y las condiciones efectivas de vida de las madres. Una sociedad puede dedicar templos a una madre celestial mientras distribuye de forma desigual el trabajo doméstico, tolera la violencia machista o abandona a quienes cuidan de personas enfermas y dependientes. La Santa Muerte permite examinar esa contradicción desde una imagen que no responde al ideal de feminidad amable y complaciente, sino que representa una autoridad capaz de proteger y castigar.

Su rostro esquelético introduce, además, una dimensión profundamente humana porque, frente a la muerte, desaparecen las diferencias de belleza, juventud y prestigio que tanto han condicionado la valoración social de los cuerpos femeninos; sin embargo, la igualdad final de los esqueletos no elimina las desigualdades con las que las personas viven y mueren. La mortalidad es universal, pero la vulnerabilidad ante la enfermedad, la pobreza y la violencia está distribuida de manera desigual.

La Virgen María y la Santa Muerte pertenecen a universos religiosos distintos, aunque algunos creyentes integren ambas presencias en sus prácticas espirituales. Desde una lectura cultural, las aproxima la necesidad humana de imaginar una figura femenina capaz de escuchar el sufrimiento y ofrecer protección frente a aquello que amenaza la existencia. Esa cercanía no borra sus diferencias históricas ni las concepciones morales que cada una representa.

La Virgen sostiene a su hijo; la Santa Muerte, la guadaña, una postal del principio y del fin de la existencia frente a un rostro femenino estampado en dos imágenes que han acompañado las esperanzas y los temores de generaciones de creyentes. Entre la maternidad, el cuidado, la enfermedad y el castigo aparece una contradicción que trasciende la religión, porque presenciamos una sociedad que ha aprendido a venerar el poder femenino en sus altares, aunque no siempre ha sabido reconocerlo en lo más básico para la convivencia humana, como lo es la vida de las mujeres.

Referencias

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