Durante muchos años he recurrido, tanto formal como informalmente, a la mentoría. A veces he sido mentora; otras, he tenido la humildad —y también la necesidad— de buscar a alguien que me ayude a ver una situación desde otra perspectiva. En ambos lados de la conversación he encontrado un enorme valor.

Yolanda Fernández Ochoa, M.A.*

A lo largo de mi vida profesional he tenido la fortuna de ocupar puestos de liderazgo, tomar decisiones complejas, cambiar de rumbo, empezar de nuevo y entrar en espacios en los que, muchas veces, no existía un mapa que indicara claramente por dónde avanzar. Y si algo he aprendido en ese recorrido es que nadie llega solo o sola.

Durante muchos años he recurrido, tanto formal como informalmente, a la mentoría. A veces he sido mentora; otras, he tenido la humildad —y también la necesidad— de buscar a alguien que me ayude a ver una situación desde otra perspectiva. En ambos lados de la conversación he encontrado un enorme valor. Porque la mentoría no consiste en tener a alguien que nos diga qué hacer.

Para mí, una buena persona mentora es aquella que hace las preguntas que una preferiría no contestar. La que escucha sin necesidad de demostrar cuánto sabe. La que comparte su experiencia sin pretender que su camino sea necesariamente el nuestro. Y, sobre todo, la que tiene la generosidad de ayudarnos a descubrir nuestras propias respuestas.

He comprobado su valor en el mundo empresarial, en el sector público, en organizaciones sociales y también en momentos estrictamente personales. A veces, la mentoría ha sido una conversación estructurada y periódica. Otras veces ha ocurrido alrededor de un café, en una llamada telefónica o en una conversación que comenzó con una frase muy sencilla: “Necesito tu opinión sobre algo.” Y algunas de esas conversaciones han cambiado decisiones importantes de mi vida.

También he aprendido que ser mentora es una enorme responsabilidad. Cuando alguien deposita en nosotros la confianza de compartir sus dudas, temores o aspiraciones, no nos está pidiendo que vivamos su vida. Nos está permitiendo acompañar su camino durante un breve tramo. Esa distinción me parece fundamental.

Un mentor no debería crear dependencia. Debería crear autonomía. No debería fabricar una versión de sí mismo. Debería ayudar a que la otra persona descubra la mejor versión de sí misma. Y tampoco creo que la mentoría tenga edad ni jerarquía.

Una de las ideas que más me gusta es la llamada mentoría inversa: reconocer que quienes vienen detrás de nosotros también tienen muchísimo que enseñarnos. Las nuevas generaciones comprenden códigos, tecnologías, sensibilidades sociales y maneras de relacionarse con el mundo que quienes acumulamos varias décadas de experiencia profesional necesitamos conocer. Por eso, hoy puedo ser mentora de alguien por la mañana y aprendiz de otra persona esa misma tarde. Y me encanta que sea así.

Con los años he llegado a pensar que una buena relación de mentoría necesita, al menos, cinco cosas: confianza, honestidad, escucha, generosidad y propósito. Y añadiría una sexta: valentía, ya que la valentía de quien recibe mentoría para escuchar cosas que quizá no quería escuchar, y la de quien la brinda para decirlas con respeto, incluso cuando sería más cómodo guardar silencio.

Una pequeña guía para empezar

Si alguien me preguntara cómo aprovechar una mentoría, le recomendaría algo muy sencillo:

  1. Acuda con preguntas, no esperando respuestas. Antes de cada conversación, piense en qué necesita comprender, decidir o desbloquear.
  2. Busque diversidad. No tenga una sola persona mentora para todo. Alguien puede ayudarle profesionalmente; otra persona, en liderazgo; alguien más, en asuntos personales o en momentos de transición.
  3. Escuche de verdad. Si solo buscamos que alguien confirme lo que ya pensamos, no estamos buscando mentoría: estamos buscando aprobación.
  4. Convierta la conversación en acción. Una buena sesión debería terminar con alguna reflexión, decisión o compromiso concreto.
  5. Devuelva lo recibido. Quizá esta sea mi regla favorita. Si alguien ha dedicado tiempo a ayudarnos a crecer, tenemos la posibilidad —y me atrevería a decir que también cierta responsabilidad— de hacer lo mismo por alguien más.

La mentoría genera así una especie de cadena invisible de conocimiento y generosidad.

Mucho de lo que sabemos no lo aprendimos en una universidad, en un libro ni en un curso. Lo aprendimos observando a otras personas. Escuchándolas. Equivocándonos frente a ellas. Recibiendo una llamada o un consejo cuando más lo necesitábamos.

Y también aprendimos que, cuando alguien confía en nosotros lo suficiente como para preguntarnos: “¿Qué harías en mi lugar?», es cuando más lo necesitamos.” Con el tiempo, he cambiado mi respuesta a esa pregunta. Antes quizá habría explicado lo que yo haría. Hoy prefiero preguntar: «¿Y vos, qué creés que deberías hacer?» Porque posiblemente ahí esté la esencia de una buena mentoría: no entregarle a otra persona nuestro mapa, sino ayudarla a construir el suyo.

Después de muchos años de recibir y brindar mentoría, sigo convencida de algo: detrás de buena parte de nuestro crecimiento hay personas que, en algún momento del camino, nos prestaron su experiencia para que pudiéramos encontrar nuestra propia dirección. Y pocas formas de generosidad profesional dejan una huella tan profunda.

*Consultora. Directora del Banco de Alimentos de Costa Rica