Una investigación regional, recuperada por UNFPA, analiza el femicidio y el suicidio de mujeres por razones de género como expresiones extremas de un continuo de violencia. Su planteamiento obliga a mirar más allá de la muerte e identificar las agresiones, amenazas y relaciones de dominación que pudieron precederla.

Cuando una mujer es víctima de femicidio, la investigación del hecho puede revelar que el asesinato estuvo precedido de amenazas, agresiones, control, violencia sexual, denuncias o intentos de separación. Reconstruir esos antecedentes permite comprender que la muerte no necesariamente constituye un episodio aislado, sino el desenlace extremo de violencias anteriores.

¿Qué ocurre cuando la muerte es registrada como suicidio? La pregunta ocupa un lugar central en Violencia extrema de género contra las mujeres: femicidio y suicidio de mujeres en América Latina y el Caribe. Desafíos y aprendizajes en la Cooperación Sur-Sur: una investigación regional, puesta a disposición por el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) en agosto de 2026.

El libro recoge un proceso de reflexión e intercambio desarrollado principalmente entre 2014 y 2016 por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO-Chile), la Agencia Chilena de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AGCID) y las instituciones chilenas responsables de las políticas para las mujeres, con la participación de especialistas de Perú, Costa Rica, Guatemala, El Salvador y México, así como de organismos internacionales, de la academia y de la sociedad civil.

Su antigüedad obliga a leer con cuidado los datos y las experiencias institucionales que documenta. Su aporte conceptual, sin embargo, conserva especial relevancia: propone analizar el femicidio, el feminicidio y el suicidio de mujeres por razones de género dentro de un continuo de violencia y no únicamente como acontecimientos desconectados de lo ocurrido previamente en la vida de las víctimas.

El concepto de continuum de violencia contra las mujeres, desarrollado por la investigadora feminista Liz Kelly a finales de la década de 1980, permite relacionar diferentes manifestaciones de violencia que pueden acompañar la vida de una mujer. No establece que todas sigan necesariamente la misma secuencia ni que necesariamente desemboquen en la muerte. Advierte que agresiones aparentemente aisladas pueden formar parte de relaciones persistentes de coerción, dominación y control.

Esta perspectiva es conocida en el análisis del femicidio, pero adquiere una dimensión menos explorada al aplicarse al suicidio. La investigación plantea la necesidad de examinar situaciones en las que una mujer sometida a violencia de género termina quitándose la vida y de preguntarse qué relación pudo haber existido entre las agresiones sufridas y dicha muerte.

La distinción es fundamental: no todo suicidio de una mujer puede considerarse un suicidio por razones de género. Establecer esa relación requiere investigar los antecedentes y las circunstancias particulares de cada caso. La condición de mujer, por sí sola, no acredita la existencia de una causa vinculada a la violencia de género.

Lo que la evidencia internacional sí permite afirmar es que la violencia tiene consecuencias graves para la salud mental. La Organización Mundial de la Salud señala que la violencia de pareja y la violencia sexual pueden provocar depresión, estrés postraumático, trastornos de ansiedad, dificultades para dormir, problemas relacionados con el consumo de alcohol e intentos de suicidio. La OMS estima, además, que casi una de cada tres mujeres y niñas en el mundo ha experimentado, durante su vida, violencia física o sexual de pareja, o violencia sexual ejercida por una persona distinta de su pareja.

Mirar las muertes desde sus antecedentes también cambia las preguntas dirigidas a las instituciones. Ya no basta con determinar qué ocurrió en el momento final. Importa conocer si hubo denuncias, amenazas, agresiones previas, solicitudes de protección o intervenciones de los servicios de salud y de justicia; si el riesgo fue evaluado correctamente y si las respuestas disponibles fueron oportunas.

La investigación regional dedica precisamente su primera parte al deber estatal de prevención, protección, atención y reparación. Entre los instrumentos analizados se encuentra el Modelo de Protocolo Latinoamericano para la investigación de las muertes violentas de mujeres por razones de género, dirigido a quienes intervienen en estos procesos, desde policías y fiscalías hasta personal forense y autoridades judiciales.

La segunda parte permite observar respuestas desarrolladas en Perú, Costa Rica, Guatemala y El Salvador, así como experiencias relacionadas con la medición del femicidio, la atención especializada y los planes de prevención del suicidio. El libro no pretende presentar una radiografía estadística completa de América Latina y el Caribe, sino reunir conocimientos, experiencias y herramientas que puedan compartirse entre los países.

Casi una década después del proceso que dio origen a la publicación, la violencia feminicida continúa evidenciando la vigencia del problema. Según los últimos datos regionales consolidados por el Observatorio de Igualdad de Género de la CEPAL, en 2024 al menos 3.770 mujeres fueron víctimas de femicidio, feminicidio o muerte violenta por razones de género en 26 países y territorios de América Latina y el Caribe. La cifra equivale a al menos 11 muertes diarias. En cinco años se han registrado más de 19.000 casos.

Las diferencias metodológicas y jurídicas entre los países obligan a interpretar esas cifras con cautela. Femicidio, feminicidio y muerte violenta de mujeres por razones de género no son categorías registradas de manera idéntica en toda la región. Precisamente por ello, mejorar la producción de información y los mecanismos de investigación sigue siendo parte del desafío.

La CEPAL sostiene que la violencia feminicida constituye la expresión extrema de un continuo de violencias. Su diagnóstico actual coincide, así, con uno de los planteamientos que atraviesan la investigación recuperada por UNFPA: concentrarse exclusivamente en la muerte puede impedir comprender las condiciones que permitieron llegar hasta ella.

En el suicidio, el desafío es aún mayor. Las estadísticas registran una causa de muerte, pero por sí solas no explican la trayectoria de violencia que pudo precederla. Investigar esa posible relación no significa sustituir el análisis de los múltiples factores asociados al comportamiento suicida ni atribuir automáticamente una causa de género. Significa incorporar las experiencias de violencia como una dimensión que no debería desaparecer del análisis cuando existen antecedentes que justifican su examen.

Ese enfoque también modifica la prevención. Si las violencias forman parte de un continuo, actuar únicamente cuando existe riesgo inminente de femicidio llega demasiado tarde. La prevención comienza con la capacidad de reconocer y atender las distintas formas de violencia antes de que estas lleguen a sus manifestaciones más extremas.

La publicación de FLACSO-Chile, AGCID y las instituciones participantes tiene, además, el mérito de situar la cooperación regional en el centro de esa respuesta. América Latina ha desarrollado legislación, protocolos, sistemas de medición, servicios especializados y experiencias de prevención que no avanzan al mismo ritmo en todos los países. Compartir los aprendizajes permite identificar tanto prácticas replicables como vacíos pendientes.

La investigación se construyó con conocimientos y experiencias de otra etapa de las políticas regionales, pero la realidad que motivó aquel trabajo permanece. En 2024, América Latina y el Caribe continuaba registrando al menos 11 muertes violentas de mujeres por motivos de género al día.

Su lectura deja una advertencia que trasciende las cifras. Comprender una muerte violenta exige también reconstruir las violencias que la precedieron. Hacerlo puede revelar oportunidades de protección que llegaron tarde, fallaron o nunca estuvieron disponibles.

Referencias

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2025). Boletín Violencia feminicida en cifras. América Latina y el Caribe n.º 4: Hacia la igualdad sustantiva de género y la sociedad del cuidado: actuar con sentido de urgencia para garantizar el derecho de las mujeres y las niñas a una vida libre de violencia. Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe. https://oig.cepal.org/es/documento/boletin-violencia-feminicida-cifras-america-latina-caribe-ndeg4-la-igualdad-sustantiva

Guajardo Soto, G., & Cenitagoya Garín, V. (Eds.). (2017). Violencia extrema de género contra las mujeres: femicidios y suicidios de mujeres en América Latina y el Caribe. Desafíos y aprendizajes en la cooperación Sur-Sur. Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO-Chile). https://lac.unfpa.org/sites/default/files/pub-pdf/2date26-date8/Libro_Femicidio_y_Suicidio%20%281%29.pdf

Organización Mundial de la Salud. (2026, 18 de junio). Violencia contra la mujer. https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/violence-against-women

Fondo de Población de las Naciones Unidas. (2026, 28 de agosto). Femicidio y suicidio de mujeres por razones de género: desafíos y aprendizajes de la cooperación Sur-Sur en América Latina y el Caribe. UNFPA América Latina y el Caribe. https://lac.unfpa.org/es/publications/femicidio-y-suicidio-de-mujeres-por-razones-de-g%C3%A9nero-desaf%C3%ADos-y-aprendizajes-en-la