Eunice Odio pertenece a esa singular clase de escritoras que no encajan cómodamente en los moldes nacionales. El tránsito de fuego, publicado en 1957, es una formidable puerta de entrada para comprenderlo. No se trata de un libro menor ni de una estación de paso en una carrera poética; es una obra de mayor ambición, escrita desde una conciencia verbal que no aceptó la reducción de la mujer al margen, a lo doméstico ni a lo ornamental. 

Yolanda Eunice Odio Infante nació en San José en 1919 y murió en la Ciudad de México en 1974. Fue poeta, ensayista y periodista, y su trayectoria estuvo marcada por desplazamientos geográficos y por una forma de exilio más áspera: el de no encajar del todo en los repertorios de su tiempo. Vivió en Costa Rica, Guatemala, Estados Unidos y México y desarrolló una obra que la crítica ha ido restituyendo con mayor justicia en las últimas décadas. La Universidad de Costa Rica la ha descrito como una figura que padeció un “olvido injusto” y no parece exageración. Durante años, su nombre circuló menos de lo que correspondía a la magnitud de su obra. 

Su itinerario bibliográfico confirma que no fue autora de una sola obra. “Los elementos terrestres” la publicó tempranamente y, con ese libro, obtuvo el Premio Centroamericano 15 de Septiembre. Después vinieron “Territorio del alba” y, más tarde, “El tránsito de fuego”, obra que suele considerarse uno de los puntos más altos de su poética. A eso se suma una producción dispersa en artículos, ensayos, crítica y textos narrativos, reunida posteriormente en ediciones de Obras completas. No conviene reducirla a una poeta hermética, pues su escritura también constituyó una intervención intelectual de amplio alcance. 

¿Por qué sigue importando Eunice Odio más allá del canon académico? Porque desmontó, por la vía de la altura verbal, una expectativa persistente sobre lo que una mujer podía escribir y cómo debía hacerlo. No buscó legitimarse mediante una poesía confesional, dócil o fácilmente sentimentalizable. Apostó por una lengua de gran densidad simbólica, de respiración mítica y filosófica, en la que la creación aparece como una fuerza total. Esa decisión estética tuvo consecuencias culturales. Desplazó la idea de que la autora mujer debía hablar en voz baja, desde el rincón permitido. Eunice entró en la literatura como quien toma posesión de un territorio que también le pertenece. 

En el espacio costarricense, su figura contribuye a corregir una lectura estrecha de nuestra tradición literaria. Obliga a recordar que aquí también hubo una mujer capaz de producir una poesía mayor, exigente, metafísica y continental. No es casualidad que instituciones culturales costarricenses y universitarias hayan dedicado exposiciones, rescates editoriales y estudios recientes a su obra. Ese retorno institucional no borra la deuda, pero sí confirma algo relevante: la exclusión de Eunice Odio del centro fue menos un problema de calidad que de recepción. 

Volver a «El tránsito de fuego» hoy no significa “entender” de inmediato cada una de sus claves. Significa aceptar que hay escrituras que no nacieron para complacer. En una época que premia lo rápido, lo digerible y lo opinable al instante, la obra de Eunice Odio insiste en otra ética de la palabra. Una más ardua, sí, pero también más libre. Y eso, para una autora costarricense del siglo XX, no fue poca cosa. Fue una forma de abrir un espacio donde antes solo había cerco.