Aunque las mujeres dominan en número de estudiantes, aún hay brechas en la participación en investigación, en el liderazgo académico y en los salarios de posgrado, lo que refleja que la presencia educativa no siempre se traduce automáticamente en igualdad de oportunidades.

Costa Rica ha construido una de las tradiciones educativas más sólidas de América Latina. Parte de ese legado es el acceso casi universal a la educación primaria y secundaria, y en las últimas décadas la educación superior ha crecido especialmente entre las mujeres, convirtiéndolas en un motor clave para el desarrollo social y económico del país.

Las cifras oficiales reflejan con claridad el protagonismo femenino en la educación superior. En las universidades públicas costarricenses, las mujeres han representado de manera constante alrededor del 60 % de las y los estudiantes de pregrado y de grado. Hay variaciones menores entre 2020 y 2024 —por ejemplo, un 63,7 % en 2020 y alrededor del 59-60 % en 2024— frente a menos de 40 % de hombres en los mismos años. Esto indica que las mujeres no solo acceden, sino que también constituyen la mayoría del estudiantado universitario.

Además, datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) señalan que seis de cada diez profesionales graduados de universidades públicas en Costa Rica son mujeres en niveles como diplomados, bachilleratos y licenciaturas, una tendencia que también se observa en las maestrías.

A nivel nacional, informes internacionales muestran que las mujeres jóvenes costarricenses (de 25 a 34 años) tienden a alcanzar niveles de educación superior en proporción mayor que los hombres de la misma cohorte. En 2022, el 34 % de las mujeres jóvenes completó la educación terciaria frente al alrededor del 28 % de los hombres.

Aunque estas tasas están por debajo del promedio de los países de la OCDE, la brecha de género en Costa Rica favorece a las mujeres en los logros educativos, lo que tiene implicaciones directas en las oportunidades laborales, la autonomía económica y el bienestar social.

Este liderazgo femenino en las aulas universitarias ha sido clave para que las mujeres costarricenses crezcan como profesionales en diversas áreas, desde la educación, la salud y el derecho hasta la administración pública y las ciencias sociales. Sin embargo, persisten desafíos: en las carreras STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), tanto a nivel nacional como global, la participación femenina sigue siendo menor que la masculina, lo que limita las oportunidades en sectores considerados estratégicos para el futuro laboral.

Además, aunque las mujeres dominan en número de estudiantes, aún hay brechas en la participación en investigación, en el liderazgo académico y en los salarios de posgrado, lo que refleja que la presencia educativa no siempre se traduce automáticamente en igualdad de oportunidades.

La paradoja que enfrentan las mujeres en Costa Rica

Aunque en Costa Rica las mujeres han alcanzado altos niveles de formación académica y mantienen una presencia sólida en la educación superior, el mercado laboral sigue siendo más adverso para ellas. A pesar de que año tras año se gradúan miles de mujeres universitarias —en muchos casos en proporciones similares o incluso superiores a las de los hombres—, las tasas de desempleo continúan siendo más altas entre la población femenina.

Esta brecha evidencia una paradoja persistente: la educación no garantiza la igualdad de oportunidades laborales para las mujeres. Factores como la discriminación de género, la sobrecarga del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, así como la segregación ocupacional, influyen directamente en su menor inserción y permanencia en el empleo formal.

Especialistas advierten que el problema no radica en la falta de preparación, sino en un sistema laboral que no absorbe ni valora de manera equitativa el talento femenino, incluso cuando cuenta con formación universitaria.

Según la Encuesta Continua de Empleo del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), aunque el desempleo general en el país ronda entre 6 % y 7 %, las mujeres presentan tasas de desempleo consistentemente más altas que los hombres. Por ejemplo, en uno de los periodos recientes, la tasa de desempleo fue de 7,7 % en mujeres, frente al 6,3 % en hombres.

Este patrón se repite en otros trimestres: en otro informe del INEC, la tasa de desempleo femenino alcanzó el 8,5 %, mientras que la masculina fue del 6,7 %.

Las cifras muestran que las mujeres enfrentan una brecha de género en el mercado laboral, aun cuando su nivel de preparación educativa es alto. Esto se refleja en la participación laboral: datos oficiales indican que la tasa de empleo entre mujeres es considerablemente menor que entre hombres, incluso en trimestres en los que los indicadores generales reflejan cierta estabilidad.

Expertos en economía y género creen que estas diferencias están relacionadas con problemas estructurales que impiden que las mujeres se integren plenamente al mercado laboral formal, a pesar de su formación. Estos problemas incluyen la discriminación, las responsabilidades de cuidado no remuneradas, la división del trabajo y obstáculos en algunos sectores productivos.

El resultado es una paradoja inquietante: las mujeres costarricenses se educan más, pero tienen menor acceso efectivo al empleo, lo que plantea un desafío urgente para políticas públicas que conecten la formación académica con oportunidades reales de trabajo digno y sostenible.

La situación plantea un desafío urgente para las políticas públicas: cerrar la brecha entre educación y empleo, y garantizar que los logros académicos de las mujeres se traduzcan en autonomía económica y condiciones laborales justas.

Aprender más allá de los números

El avance en la educación superior femenina tiene efectos sociales profundos. Cada generación de mujeres con título universitario en Costa Rica influye en sus familias, comunidades y espacios de trabajo. Su presencia fortalece la participación política, la toma de decisiones y la inclusión de políticas públicas más sensibles a las realidades de género.

Expertas en educación señalan que cuando las mujeres se educan, no solo mejoran sus perspectivas individuales, sino que también contribuyen a romper ciclos de pobreza intergeneracional, reducen brechas económicas y ayudan a construir sociedades más equitativas y resilientes.

Es claro que Costa Rica ha avanzado notablemente en la inclusión educativa de las mujeres. La mayoría de las estudiantes universitarias reflejan un cambio cultural en el que la educación femenina se valora, se impulsa y se consolida como parte de la identidad social del país. Sin embargo, para que esta tendencia se traduzca plenamente en igualdad de oportunidades y en poder real en todos los ámbitos, es necesario acompañar el acceso a la educación con políticas que promuevan la inserción en el mercado laboral, el liderazgo en ciencia y tecnología y la eliminación de barreras estructurales que aún persisten.

Foto: Karolina Grabowska www.kaboompics.com