No toda la medicina natural es inofensiva. Muchas plantas y remedios pueden tener efectos secundarios o ser tóxicos si se usan de forma inadecuada. También pueden interactuar con medicamentos convencionales y generar riesgos.
Hay muchas personas, esas que llaman “sabios sin estudio”, los abuelitos de barrio o los que repiten lo que oyeron por ahí, que suelen decir con mucha seguridad: “Las plantas medicinales, si no te hacen bien… tampoco te hacen mal”.
Y suena bonito, tranquilizador, ¿verdad? Como si, por ser “natural”, todo fuera automáticamente suave e inofensivo. Pero la realidad es bastante diferente.
Hay plantas que sí pueden salvarte o aliviarte muchísimo… y otras que, si las usas mal, en la dosis equivocada o sin saber lo que estás tomando, te pueden mandar directo al hospital (o peor). Un ejemplo clásico que siempre sale a relucir es la higuerilla (ricino): de ella se obtiene un aceite que se usa para el estreñimiento o para el cuidado de la piel… pero las semillas crudas son tan tóxicas que unas pocas pueden ser mortales. Y así hay varias: el muérdago, el acónito, la belladona, el tejo… todas “naturales”, todas con fama medicinal en algún momento, y todas capaces de hacer mucho daño si no se manejan con conocimiento y respeto.
Entonces, el dicho popular está a medias. Sí, algunas plantas son muy suaves y difícilmente te van a perjudicar en cantidades normales… pero no es una regla universal.
No porque sea planta deja de ser medicina (y toda medicina, bien dosificada, ayuda… mal usada, envenena). La próxima vez que alguien te diga eso con total convicción, sonríe y responde algo como:
“Puede ser… pero mejor consulto con quien sí estudió, por si acaso”, sea un médico naturista o un fitoterapeuta. Lo natural puede ser maravilloso, pero nunca es sinónimo de “inofensivo”.
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