Algunos de los principales exponentes del género urbano han comenzado a revisar sus mensajes y reconocer errores. Aunque persisten estereotipos machistas, surgen señales de una transformación que podría permitir disfrutar del ritmo sin denigrar a las mujeres.

Marilyn Batista Márquez

El reguetón conquistó el mundo con un ritmo contagioso que invita a bailar sin necesidad de demasiadas explicaciones. Surgido de las influencias musicales del Caribe, en particular de Puerto Rico y Panamá, se convirtió en un fenómeno internacional capaz de llenar estadios, dominar las plataformas digitales y marcar tendencias culturales. Sin embargo, muchas de sus canciones han sido cuestionadas por presentar a las mujeres como objetos sexuales, por reproducir estereotipos machistas o por normalizar relaciones desiguales.

En los últimos años, algunos de sus principales exponentes han incorporado mensajes sobre el consentimiento, la autonomía femenina y el respeto. Otros han reconocido errores o han modificado sus producciones tras recibir críticas. La pregunta es si estamos ante una transformación cultural o una adaptación a las nuevas sensibilidades sociales.

Uno de los ejemplos más interesantes es Bad Bunny. En 2018 lanzó «Solo de mí», acompañado de un vídeo musical que aborda la violencia contra las mujeres. Dos años después, “Yo perreo sola” reivindicó el derecho de las mujeres a bailar libremente, sin aceptar insinuaciones ni acercamientos no deseados. Aunque algunas de sus canciones contienen expresiones cuestionables, el artista ha contribuido a abrir debates sobre el género en un espacio tradicionalmente dominado por representaciones masculinas.

Daddy Yankee, uno de los grandes impulsores internacionales del reguetón, ha orientado su nueva etapa artística hacia mensajes espirituales y positivos. Por su parte, Don Omar ha reflexionado públicamente sobre la evolución del género y los cambios en los modelos tradicionales de masculinidad, además de reconocer el papel de Ivy Queen como pionera de la música urbana.

Precisamente, Ivy Queen y Karol G representan otra dimensión de esta transformación. Desde generaciones diferentes, ambas han reivindicado la autonomía femenina, el derecho a expresar el deseo y la capacidad de las mujeres para protagonizar sus propias historias, en lugar de limitarse a interpretar los papeles que tradicionalmente les asignaban las letras masculinas.

Sin embargo, no todos los cambios han surgido espontáneamente. En 2021, J Balvin pidió disculpas y retiró de YouTube el videoclip de Perra, criticado por presentar imágenes degradantes de mujeres negras. En 2016, Maluma enfrentó cuestionamientos por «Cuatro Babys», mientras que en 2024 participó en «+57», cuya letra fue modificada tras las críticas por una referencia sexualizada a una adolescente de 14 años.

Estos casos demuestran que la presión pública puede impulsar correcciones, aunque una disculpa o el cambio de una palabra no garantizan la desaparición de los prejuicios.

La evolución del reguetón también debe medirse por la manera en que representa las relaciones entre mujeres y hombres. Es importante distinguir entre una canción sexualmente explícita y otra que denigra. Hablar del deseo, del placer o de la sensualidad no constituye necesariamente una expresión machista. El problema aparece cuando las mujeres son reducidas a objetos, se presenta la insistencia masculina como una conquista o se desconoce su voluntad.

La música es entretenimiento, pero también transmite valores y construye imaginarios sociales. Por eso, los artistas que llegan a millones de personas tienen una responsabilidad cultural que no debería ignorarse, especialmente cuando buena parte de su audiencia está integrada por adolescentes.

Tampoco se trata de censurar el género ni de eliminar su picardía. La creatividad ofrece suficientes posibilidades para hablar de amor, deseo, alegría, encuentros y desencuentros sin recurrir a la humillación de la mujer. De hecho, las canciones que incorporan mensajes de autonomía y respeto demuestran que es posible conservar el atractivo comercial sin recurrir necesariamente a los estereotipos del pasado.

El desafío consiste en que estos cambios dejen de ser excepciones o respuestas a controversias y se conviertan en una evolución sostenida de la industria musical. Y ojalá así sea, porque nadie quiere que el reguetón pierda su energía, su sensualidad ni esa capacidad casi irresistible de ponernos a bailar desde que suenan los primeros acordes.

Queremos seguir moviendo las caderas, los hombros, los pies y, si el cuerpo lo permite, hasta el último músculo, al compás de ese insustituible y característico ritmo caribeño, pero con letras que acompañen la evolución de nuestra sociedad y respeten la dignidad de las mujeres. ¡Que siga el ritmo, pero que el machismo se quede fuera de la pista!