La investigadora Elvira Swartch Lorenzo sostiene que la masculinidad hegemónica y el racismo no son fenómenos independientes, sino estructuras que, históricamente, han reforzado distintas formas de violencia. Su reflexión toma como punto de partida el asesinato de Emmett Till en Estados Unidos y dialoga con investigaciones contemporáneas sobre la radicalización masculina, la extrema derecha y la socialización juvenil.
La construcción social de la masculinidad y su relación con el racismo siguen siendo objeto de análisis en diversos ámbitos académicos y sociales. En un artículo publicado por Afroféminas, la colaboradora Elvira Swartch Lorenzo plantea que ambas formas de violencia comparten mecanismos de aprendizaje y transmisión que se reproducen de generación en generación.
La autora inicia su reflexión recordando el asesinato de Emmett Till, un adolescente afroamericano de 14 años secuestrado y asesinado en Mississippi en 1955, cuyo caso se convirtió en uno de los símbolos de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Para Swartch Lorenzo, la absolución de los responsables y la normalización social que rodeó aquel crimen ilustran cómo determinadas formas de violencia pueden legitimarse en un entorno que las considera aceptables.
A partir de ese hecho histórico, el artículo incorpora el análisis desarrollado por el periodista español Antonio Maestre en su libro Me crié como un fascista (Seix Barral, 2026). Según expone la autora, Maestre sostiene que la radicalización de algunos hombres jóvenes no puede explicarse únicamente por factores económicos o políticos, sino también por procesos de socialización que asocian la masculinidad con el dominio, la ausencia de vulnerabilidad y el ejercicio del control sobre otras personas.
La publicación también examina el impacto que tienen actualmente los discursos difundidos a través de redes sociales y comunidades digitales conocidas como la «manosfera», donde determinados modelos de éxito masculino promueven relaciones basadas en la jerarquía y la dominación. Para Swartch Lorenzo, estos contenidos encuentran terreno fértil en los jóvenes que enfrentan incertidumbre social y buscan referentes de identidad.
El artículo relaciona, además, este fenómeno con el crecimiento del apoyo juvenil a partidos de extrema derecha en España, en particular entre los hombres jóvenes. La autora cita estudios e investigaciones que describen una mayor presencia masculina tanto en el electorado como en las estructuras internas de estas organizaciones políticas, un comportamiento que, a su juicio, merece ser analizado desde la perspectiva de la construcción de las masculinidades.
Otro de los ejes de la reflexión retoma los estudios del educador afroamericano James Scott sobre el asesinato de Emmett Till. De acuerdo con la autora, Scott plantea que aquel crimen no respondió únicamente al racismo, sino también a un modelo de masculinidad que entendía la violencia como una demostración de hombría y de defensa del honor masculino ante la comunidad.
En esa línea, Swartch Lorenzo sostiene que la masculinidad hegemónica no es una característica innata, sino un aprendizaje social que se transmite a través de normas culturales, ejemplos cotidianos y expectativas sobre el comportamiento masculino. Desde esa perspectiva, niños y adolescentes incorporan modelos de conducta al observar las prácticas de su entorno mucho antes de cuestionarlas críticamente.
La autora argumenta que el racismo forma parte de esa misma estructura de dominación al identificar determinados cuerpos racializados como destinatarios históricos de la violencia. Por ello, considera que muchas agresiones racistas no pueden entenderse únicamente como expresiones de prejuicio individual, sino también como manifestaciones de un sistema que vincula la masculinidad con el ejercicio del poder sobre otras personas.
En el caso español, el artículo menciona los registros de organizaciones como SOS Racismo y los informes sobre delitos de odio para señalar que una parte importante de las agresiones documentadas son cometidas por hombres jóvenes. Para Swartch Lorenzo, este fenómeno requiere respuestas que trasciendan el ámbito penal e incorporen políticas educativas orientadas a promover modelos de convivencia basados en la igualdad y el respeto a la diversidad.
La reflexión concluye planteando que la pregunta central no es únicamente cómo prevenir la violencia, sino qué tipo de valores se transmiten durante la infancia y la adolescencia sobre la masculinidad. En opinión de la autora, la construcción de relaciones más igualitarias exige cuestionar aquellas formas de socialización que continúan asociando el reconocimiento masculino con el dominio, la fuerza y la ausencia de vulnerabilidad.
Referencias
Afroféminas. (2026, 8 de julio). Masculinidad tóxica y racismo: la violencia heredada. https://afrofeminas.com/2026/07/08/masculinidad-toxica-y-racismo-la-violencia-que-se-hereda/
Maestre, A. (2026). Me crié como un fascista. Seix Barral.








