Los hogares de una sola persona casi se duplicaron en la región entre 2000 y 2024. El cambio refleja nuevas formas de autonomía y convivencia, pero adquiere características particulares entre las mujeres mayores y obliga a revisar políticas de vivienda, cuidados y protección social pensadas para familias más numerosas.

Los hogares latinoamericanos son cada vez más pequeños. En el 2000 tenían en promedio 4,3 integrantes y en 2024 habían descendido a 3,3, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Durante esos mismos años, los hogares formados por una sola persona casi se duplicaron. Detrás de esas cifras conviven procesos distintos como el envejecimiento de la población, la caída de la fecundidad, los cambios en las relaciones de pareja y una mayor diversidad en las formas de organizar la vida cotidiana.

La transformación cuestiona una imagen familiar que durante décadas ha influido en el diseño de viviendas, los sistemas de protección social y las políticas públicas. Aunque los hogares nucleares biparentales siguen siendo importantes, han perdido peso relativo, mientras que otras configuraciones han ganado peso. CEPAL identifica entre ellas los hogares unipersonales, las parejas sin hijos y distintas estructuras familiares que ya no responden necesariamente al modelo de dos progenitores con hijas e hijos que viven bajo un mismo techo.

Costa Rica permite observar con claridad esta evolución. La Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024, publicada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos, determinó que el 18,3 % de los hogares del país estaba constituido por una sola persona. Los hogares monoparentales representaban el 17,7 % y las parejas sin hijos, el 15,1 %. Una de cada seis unidades domésticas costarricenses corresponde aproximadamente a alguien que vive solo en su vivienda.

Vivir solo, sin embargo, se refiere a una situación residencial y no al estado emocional de una persona. No permite concluir que exista soledad, aislamiento ni abandono. Una persona puede mantener redes familiares, amistades, trabajo y participación comunitaria mientras reside sola. Para otras, ese modo de vida puede responder a una elección asociada a la independencia económica y la autonomía. También existen situaciones en las que la ausencia de convivientes coincide con dificultades económicas, deterioro de la salud o insuficiencia de redes de apoyo. Confundir estas experiencias impide comprender la diversidad que existe detrás de una misma categoría estadística.

La edad y el género permiten observar diferencias adicionales, ya que las mujeres tienen una esperanza de vida mayor que la de los hombres en la mayoría de los países y presentan una mayor probabilidad de llegar a edades avanzadas tras el fallecimiento de su cónyuge. CEPAL ha señalado, además, que las mujeres mayores tienden a permanecer sin pareja con mayor frecuencia tras una viudez o una separación, mientras que los hombres presentan mayores probabilidades de establecer una nueva unión. Estas trayectorias contribuyen a que vivir sola en la vejez sea una experiencia particularmente femenina.

Una investigación costarricense basada en la Encuesta Nacional de Hogares de 2024 encontró que las mujeres constituían el 67,3 % de las personas de 65 años o más que residían en hogares unipersonales, frente al 32,7 % de los hombres. La diferencia permite mirar el fenómeno más allá del crecimiento general de los hogares de una sola persona. Una parte importante de quienes envejecen solas son mujeres que llegan a esa etapa tras trayectorias laborales, familiares y económicas distintas de las masculinas.

La autonomía que implica disponer de una vivienda propia y decidir sobre la vida cotidiana puede coexistir con desigualdades acumuladas durante décadas. Muchas de las mujeres que hoy llegan a edades avanzadas han participado en mercados laborales con menor presencia femenina, interrupciones relacionadas con la maternidad y los cuidados, empleos informales o períodos prolongados de trabajo doméstico no remunerado. Esas trayectorias pueden reflejarse posteriormente en pensiones, ingresos y en la capacidad para contratar servicios cuando surge la necesidad de apoyo.

El desafío se vuelve especialmente visible cuando una persona que vive sola comienza a necesitar ayuda con determinadas actividades cotidianas. Una investigación de la Organización Mundial de la Salud sobre las necesidades de cuidado social entre personas mayores en las Américas encontró que la necesidad de asistencia aumenta con la edad y también se relaciona con menores ingresos y con vivir solo. El crecimiento de los hogares unipersonales ocurre, por tanto, al mismo tiempo que América Latina y el Caribe atraviesan un rápido proceso de envejecimiento demográfico.

Esta coincidencia modifica las condiciones bajo las cuales tradicionalmente se organizó el cuidado. Durante buena parte de la historia reciente de la región, las familias asumieron gran parte de las necesidades de atención de niñas, niños, personas enfermas, con discapacidad o mayores. Dentro de esas familias, las mujeres realizaron la mayor parte del trabajo no remunerado. Cuando aumenta el número de personas que viven solas y disminuye el tamaño de los hogares, esa disponibilidad familiar no puede suponerse de la misma manera.

La vivienda también comienza a mostrar las consecuencias de la transformación. El parque habitacional latinoamericano fue desarrollado durante décadas en torno a determinados modelos de familia y convivencia, mientras que la estructura de los hogares se diversifica con rapidez. Una persona que vive sola necesita una vivienda económicamente accesible, pero también una ubicación que facilite el acceso al transporte, a los servicios de salud, al comercio y a las redes sociales. Estas condiciones adquieren mayor importancia cuando disminuye la movilidad o surgen necesidades de cuidado.

Los cambios ya tienen efectos incluso sobre la manera de medir el consumo. En Colombia, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística incorporó expresamente a los hogares unipersonales en la actualización metodológica del Índice de Precios al Consumidor. La decisión reconoce que una persona que vive sola constituye una unidad de consumo con una estructura de gasto propia. Algunos gastos que una familia distribuye entre varios integrantes deben ser asumidos por un único ingreso cuando el hogar tiene una sola persona.

La expansión de estos hogares tampoco se concentra necesariamente en las poblaciones de menores recursos. CEPAL ha observado una mayor presencia de hogares pequeños y unipersonales en los quintiles superiores de ingresos, lo que impide asociar automáticamente la condición de vivir solo con la precariedad. Las condiciones cambian según la edad, el sexo, los ingresos, el patrimonio, el territorio y la disponibilidad de redes familiares o comunitarias.

América Latina tendrá que incorporar esa diversidad a políticas que todavía dependen en buena medida de la familia como principal red de apoyo. El crecimiento de los hogares unipersonales coincide con una población que vive más años y con generaciones de mujeres que llegan a la vejez con trayectorias distintas a las de sus madres y abuelas. Para algunas, vivir solas será una expresión de autonomía sostenida durante años. Para otras, los ingresos, la vivienda o una necesidad creciente de cuidados determinarán hasta dónde puede mantenerse esa independencia.

La diferencia comenzará a hacerse visible en cuestiones muy concretas. Poder permanecer en la propia vivienda, desplazarse hasta un centro médico, recibir ayuda cuando sea necesaria o conservar vínculos fuera del hogar dependerá menos del número de personas inscritas en una dirección que de los recursos y servicios disponibles a su alrededor. En una región donde los hogares se hacen más pequeños, esas condiciones adquirirán un peso creciente en la experiencia de envejecer.

Referencias

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2026). La acelerada y profunda transición demográfica en América Latina y el Caribe exige políticas públicas que respondan a las nuevas estructuras de los hogares. https://www.cepal.org/es/comunicados/acelerada-profunda-transicion-demografica-america-latina-caribe-urgen-politicas-publicas

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (s. f.). Envejecimiento y arreglos residenciales de las personas mayores en América Latina y el Caribe. https://www.cepal.org/pt-br/node/50692

Departamento Administrativo Nacional de Estadística. (2019). Inclusión de hogares unipersonales en el IPC. https://www.dane.gov.co/index.php/estadisticas-por-tema/precios-y-costos/indice-de-precios-al-consumidor-ipc/ipc-actualizacion-metodologica-2019/ipc-inclusion-hogares-unipersonales

Instituto Nacional de Estadística y Censos. (2026). Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares 2024. https://admin.inec.cr/sites/default/files/2026-02/reIngreGastInformeEnigh2024.pdf

Organización Mundial de la Salud. (s. f.). Quantifying unmet need for social care among older persons in the WHO Region of the Americas. WHO Centre for Health Development. https://kobe.who.int/resources/projects/item/quantifying-unmet-need-for-social-care-among-older-persons-in-the-who-region-of-the-americas