Las mujeres rezan y participan en los servicios religiosos con mayor frecuencia que los hombres en buena parte de América Latina. También han transmitido creencias, cuidado imágenes y mantenido vivas devociones durante generaciones. Su protagonismo cotidiano, sin embargo, no siempre se corresponde con el lugar que ocupan en las estructuras en las que se ejerce la autoridad religiosa.

Cada diciembre, millones de personas llegan a la Basílica de Guadalupe en la Ciudad de México. En Nicaragua, los altares domésticos de La Purísima transforman casas y calles. Costa Rica reúne cada año a más de dos millones de feligreses que se dirigen a la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Las imágenes cambian de nombre y de territorio, pero alrededor de ellas se repiten prácticas que han perdurado durante generaciones: flores, velas, oraciones, promesas, peregrinaciones, novenas y objetos conservados en las familias.

En muchas de esas escenas, la mayoría de los devotos son mujeres. Por eso, la relación entre las mujeres y la religión ha sido estudiada durante décadas y no admite una única explicación. Tampoco existe evidencia de que las mujeres sean naturalmente más religiosas. Las diferencias varían según el país, la tradición religiosa y la práctica empleada para medirlas. Un estudio internacional del Pew Research Center encontró, por ejemplo, que entre las poblaciones cristianas las mujeres suelen mostrar niveles de práctica religiosa superiores a los de los hombres, mientras que entre los musulmanes las diferencias son mucho menores y los hombres asisten con mayor frecuencia a los servicios religiosos, en parte debido a las propias normas que regulan la oración comunitaria.

América Latina ofrece actualmente una fotografía particularmente clara. Pew Research Center publicó en enero de 2026 los resultados de una encuesta realizada en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú. En los seis países, las mujeres declararon rezar a diario en mayor proporción que los hombres y, en cinco, también registraron una asistencia semanal a servicios religiosos significativamente superior.

En México, el 44 % de las mujeres afirmó asistir al menos una vez por semana, frente al 29 % de los hombres. En Perú, la relación fue del 38 % y del 23 %; en Brasil, del 49 % y del 37 %; y en Colombia, del 42 % y del 31 %. Chile fue el único país en el que la diferencia observada en la asistencia no fue estadísticamente significativa.

Estos datos miden la oración y la asistencia. No miden quién prepara una festividad patronal, conserva una imagen heredada, enseña una oración a una niña, acompaña a una persona enferma en una práctica religiosa o mantiene un altar en la casa. Esa dimensión cotidiana resulta más difícil de convertir en estadística, aunque ha sido ampliamente observada en los estudios sobre la religión popular.

El arte sagrado permite verla; de ahí que una imagen religiosa no permanezca durante siglos únicamente por haber sido protegida como obra de arte. Su significado se mantiene porque las generaciones sucesivas continúan relacionándose con ella. La veneran, trasladan, reproducen, visten, adornan, visitan o incorporan a espacios domésticos. La pieza material permanece, pero también lo hacen los rituales construidos a su alrededor.

La Virgen María ocupa un lugar excepcional en esa historia latinoamericana. Las advocaciones marianas se extendieron por el continente durante la colonización y se relacionaron de manera compleja con culturas y espiritualidades indígenas y africanas anteriores al cristianismo. Investigaciones realizadas en distintos países han estudiado precisamente las deidades y figuras femeninas ancestrales que permanecen, se transforman o dialogan con algunas devociones posteriores a la Virgen.

La relación tampoco puede reducirse a la obediencia. La figura de María ha sido utilizada históricamente para representar virtudes femeninas asociadas a la virginidad, la maternidad, el sacrificio y la pureza. Esos modelos contribuyeron a establecer expectativas sociales sobre cómo debía comportarse una mujer. Pero las propias mujeres también han reinterpretado la figura mariana y han encontrado en ella protección, fortaleza, sentido de pertenencia comunitaria e incluso posibilidades de resistencia.

La antropología y la teología feminista han documentado esa ambivalencia. María puede funcionar simultáneamente como representación de un ideal femenino restrictivo y como figura poderosa, apropiada por mujeres a partir de sus propias experiencias culturales.

La Virgen de Guadalupe es uno de los ejemplos más conocidos. Para muchas mujeres mexicanas y de origen mexicano, su significado no se agota en la representación institucional de María. Investigaciones contemporáneas han mostrado interpretaciones vinculadas a la maternidad, la identidad, la pertenencia cultural, la protección y la agencia femenina.

Nicaragua ofrece otro caso revelador. La Purísima, celebración dedicada a la Inmaculada Concepción, se desarrolla alrededor de altares instalados tradicionalmente en hogares y transmitidos de generación en generación en algunas familias. La socióloga Stephanie Linkogle estudió esta celebración para mostrar que las representaciones de María podían reforzar determinados ideales sobre maternidad y feminidad y, al mismo tiempo, adquirir significados distintos en la experiencia religiosa popular.

Esa capacidad de apropiarse de los símbolos ayuda a comprender por qué sería insuficiente presentar a las mujeres religiosas únicamente como subordinadas a instituciones dirigidas por hombres. Las mujeres también han sido creadoras de prácticas religiosas, organizadoras comunitarias y religiosas, teólogas, místicas, catequistas, misioneras y lideresas.

La contradicción surge al comparar esa participación con las estructuras formales de autoridad.

El caso católico vuelve a ser especialmente visible. Una mujer puede dirigir actividades pastorales, enseñar la doctrina, administrar determinados espacios institucionales, estudiar teología, trabajar en la Curia, mantener durante décadas una comunidad y transmitir la fe a nuevas generaciones. No puede, sin embargo, acceder al sacerdocio.

La propia Iglesia católica reconoce que la participación femenina requiere una discusión más profunda. El 10 de marzo de 2026, el Grupo de Estudio 5 del Sínodo sobre la Sinodalidad presentó su informe final sobre la participación de las mujeres en la vida y el liderazgo de la Iglesia.

El documento no modifica la doctrina ni introduce reformas inmediatas. Sí plantea la posibilidad de reconocer nuevos espacios de responsabilidad para las mujeres y examina los ministerios, el ejercicio de la autoridad y las experiencias de quienes ya desempeñan posiciones de liderazgo. El informe recoge, además, testimonios sobre dificultades relacionadas con el clericalismo y con una cultura eclesial todavía fuertemente masculina.

La discusión permite observar una paradoja que trasciende los cargos. En el catolicismo, lo femenino posee una enorme autoridad simbólica. María puede ser Reina del Cielo, Madre de Dios, patrona de ciudades y países y centro de algunas de las peregrinaciones más multitudinarias del continente. Las mujeres que caminan hacia esos santuarios pueden reconocerse en ella, pedirle protección, agradecerle o transmitir su devoción a las siguientes generaciones.

El poder simbólico de una mujer sagrada convive así con una institución cuya autoridad sacramental continúa reservando determinadas funciones a los hombres.

Pero esa relación tampoco representa a todas las religiones. En algunas tradiciones cristianas, las mujeres ejercen el pastorado y ocupan puestos de autoridad. Las religiones afroamericanas ofrecen diversas configuraciones de liderazgo femenino. En el islam y en el judaísmo, las posibilidades de participación varían según las corrientes y los contextos. Incluso los indicadores de religiosidad muestran diferencias importantes entre unas tradiciones y otras.

Por eso sería incorrecto afirmar que las mujeres sostienen de la misma manera todas las religiones del mundo. Lo que sí permiten observar los datos latinoamericanos y numerosos estudios históricos es la importancia que han tenido en la reproducción cotidiana de muchas prácticas religiosas. Allí existe un trabajo poco visible: conservar objetos, organizar rituales, transmitir relatos, enseñar oraciones y mantener comunidades y devociones que sobreviven porque alguien vuelve a realizarlas.

Puede entenderse como una forma de cuidado de la memoria religiosa. De ahí que el arte sagrado ayude a reconocerlo, porque ninguna reliquia, imagen ni santuario conserva por sí solo su significado social. Necesita comunidades que continúen atribuyéndole valor y personas que enseñen a las siguientes generaciones por qué aquel objeto merece una peregrinación, una vela, una oración o un lugar en la casa. Espacios que socialmente son resguardados y gestionados por las mujeres.

Las grandes religiones escribieron buena parte de su historia institucional en torno al liderazgo masculino. Más bien, en la práctica religiosa cotidiana, las manos que sostienen la fe han sido y serán siempre femeninas.

Referencias

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