¿Alguna vez se ha preguntado por qué encontrar un baño público suele ser más difícil para las mujeres? ¿O por qué una acera estrecha, una parada de autobús mal iluminada o un parque diseñado alrededor de una única cancha afectan de manera distinta a quienes cuidan, acompañan o se desplazan con niñas, niños o personas mayores? El urbanismo feminista parte de una idea sencilla: las ciudades no son neutras y, durante décadas, fueron diseñadas sin considerar todas las formas de habitar el espacio público.
Durante mucho tiempo se asumió que las ciudades respondían por igual a las necesidades de toda la población. Sin embargo, arquitectas, urbanistas y especialistas en planificación comenzaron a cuestionar esa premisa al observar que el diseño urbano partía con frecuencia de un modelo muy específico de ciudadano: una persona adulta, con plena movilidad, que se desplaza diariamente entre su casa y el trabajo y que no asume tareas de cuidado durante el trayecto.
La realidad cotidiana es muy distinta. Muchas mujeres realizan trayectos más complejos: acompañan a sus hijas e hijos a la escuela, hacen compras, cuidan personas mayores, utilizan el transporte público varias veces al día y permanecen más tiempo en los espacios comunes. Esa experiencia cotidiana hizo visible que aspectos aparentemente simples, como la ubicación de un baño público, la iluminación de una calle o la amplitud de una acera, pueden condicionar la autonomía, la seguridad y la calidad de vida.
Uno de los ejemplos más citados en el urbanismo con perspectiva de género es precisamente el acceso a los servicios sanitarios. La disponibilidad de baños públicos suficientes, seguros y accesibles no se limita a una cuestión de comodidad. También tiene implicaciones para mujeres embarazadas, personas menstruantes, adultas mayores, quienes viajan con niñas y niños pequeños o viven con determinadas condiciones médicas. La ausencia de estos espacios puede limitar el tiempo de permanencia en la ciudad y restringir el uso del espacio público.
La seguridad constituye otro de los ejes centrales del debate. Calles bien iluminadas, recorridos visibles, transporte público accesible y espacios abiertos con mayor vigilancia natural contribuyen a reducir la percepción de inseguridad y a que más personas utilicen la ciudad en distintos momentos del día. Estas intervenciones benefician especialmente a las mujeres, aunque sus efectos también alcanzan a personas mayores, niñas, niños y personas con discapacidad.
El urbanismo feminista también cuestiona la manera en que tradicionalmente se diseñaron los espacios recreativos. Durante años, numerosos parques concentraron la mayor parte de su superficie en una cancha deportiva central, utilizada principalmente por grupos de niños y adolescentes. Diversas ciudades comenzaron a redistribuir esos espacios para incorporar áreas de juego, descanso, encuentro y recreación que respondieran a una mayor diversidad de edades e intereses.
Lejos de proponer ciudades exclusivas para las mujeres, este enfoque busca reconocer que las personas utilizan el espacio urbano de maneras distintas. Las responsabilidades de cuidado, la edad, la movilidad o la condición física influyen en la forma en que cada persona experimenta la ciudad.
Una de las experiencias más estudiadas se desarrolla en Viena, Austria, donde, desde la década de 1990, la planificación urbana incorpora criterios de igualdad de género en proyectos de vivienda, movilidad, parques y espacios públicos. Los estudios realizados por la ciudad evidenciaron que los desplazamientos cotidianos de muchas mujeres eran más diversos que los recorridos tradicionales entre vivienda y trabajo, lo que llevó a replantear las rutas peatonales, el transporte público, la iluminación y la accesibilidad.
Experiencias similares comienzan a extenderse a otras ciudades del mundo, donde arquitectas y urbanistas impulsan diseños que consideran el cuidado, la seguridad, la accesibilidad y la diversidad como criterios fundamentales del espacio público. Más que construir ciudades diferentes para mujeres y hombres, buscan crear entornos capaces de responder a la pluralidad de quienes los habitan.
El urbanismo feminista plantea, en el fondo, una pregunta que pocas veces nos hacemos al caminar por una ciudad: ¿para quién fue diseñado este lugar? La respuesta permite comprender que la arquitectura no consiste únicamente en levantar edificios ni en abrir calles. También expresa decisiones sobre quién puede permanecer, desplazarse, cuidar, descansar o sentirse seguro en el espacio público. Cuando esas decisiones incorporan las experiencias de quienes históricamente quedaron fuera del diseño urbano, las ciudades dejan de ser más inclusivas solo para las mujeres y se vuelven mejores para toda la población.
Referencias
City of Vienna. (s. f.). Gender mainstreaming in urban planning and urban development. https://www.wien.gv.at/english/administration/gendermainstreaming/urban-planning/
Col·lectiu Punt 6. (2019). Urbanismo feminista: Por una transformación radical de los espacios de vida. Virus Editorial.
Criado Pérez, C. (2019). Invisible Women: Data Bias in a World Designed for Men. Abrams Press.
Falú, A. (Ed.). (2009). Mujeres en la ciudad: De violencias y derechos. Red Mujer y Hábitat de América Latina; Ediciones SUR.
Pérez-Lanzac, C. (2025, 11 de mayo). El auge del urbanismo feminista: «La perspectiva de género tiene que llegar a los sitios, al igual que la fibra óptica». El País. https://elpais.com/sociedad/2025-05-11/el-auge-del-urbanismo-feminista-la-perspectiva-de-genero-tiene-que-llegar-a-los-sitios-al-igual-que-la-fibra-optica.html
World Bank. (2020). Handbook for Gender-Inclusive Urban Planning and Design. World Bank. https://openknowledge.worldbank.org/








