Convertir una investigación en una empresa exige conocimientos que rara vez forman parte de la formación científica. La gestión, la propiedad intelectual, la financiación, la regulación y el acceso al mercado pueden ampliar la autonomía de las investigadoras sobre el destino de sus propios descubrimientos.

Una científica puede dedicar años a desarrollar una molécula, un procedimiento diagnóstico o una tecnología y, sin embargo, carecer de las herramientas necesarias para decidir cómo convertir ese conocimiento en un producto, protegerlo, financiarlo y llevarlo al mercado. La distancia entre producir ciencia y gestionar una empresa abre una discusión que comienza a recibir mayor atención en las universidades y en los sistemas de innovación.

El problema adquiere una perspectiva particular cuando se observa desde el género, ya que las mujeres han aumentado su presencia en numerosos campos científicos, pero esa participación no se reproduce con la misma intensidad en las etapas posteriores de la innovación. Los datos de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual muestran que, en 2024, las mujeres representaron apenas el 18 % de las personas inventoras incluidas en las solicitudes internacionales de patentes presentadas mediante el Tratado de Cooperación en materia de Patentes. En América Latina y el Caribe, la participación fue mayor, del 24,6 %, aunque todavía está lejos de la paridad.

Una investigación publicada en abril de 2026 por Marlène Koffi y Matt Marx en el American Economic Journal: Applied Economics permite observar otro punto de esa cadena, ya que los investigadores analizaron cerca de 70 millones de artículos científicos y encontraron una brecha de género del 14 % en su posterior comercialización. La diferencia no pudo explicarse por una menor calidad de la investigación realizada por mujeres ni por un menor potencial comercial.

El estudio aporta un resultado especialmente relevante para comprender el papel del emprendimiento científico, ya que la brecha desaparecía cuando las personas responsables de las investigaciones comercializaban directamente sus descubrimientos mediante la creación de nuevas empresas. También disminuía cuando la transferencia se realizaba en colaboración con pequeñas empresas o con una mayor presencia de mujeres inventoras.

El hallazgo permite establecer una perspectiva que abarca desde la participación de las mujeres en la ciencia hasta su posición en la cadena que convierte el conocimiento en valor económico. Investigar, publicar y descubrir forman parte del recorrido. Decidir sobre propiedad intelectual, conversar con inversores, definir precios, negociar participaciones, comprender estados financieros, gestionar equipos y construir una estrategia comercial requiere otro conjunto de conocimientos.

La OCDE ha identificado el desarrollo de capacidades empresariales como uno de los componentes necesarios para reducir las brechas de género en el emprendimiento. Estas competencias pueden adquirirse mediante la educación, la experiencia empresarial, el asesoramiento y el contacto con redes profesionales. Su desarrollo no garantiza el éxito de una empresa, pero sí aumenta sus posibilidades de supervivencia y crecimiento.

En el emprendimiento científico se añade una dificultad, ya que quien intenta llevar una tecnología desde un laboratorio hasta el mercado debe aprender, además, sobre patentes, licencias, validaciones, regulación, escalado y capital de riesgo. Las investigaciones sobre mujeres y emprendimientos surgidos de universidades han documentado barreras relacionadas con la financiación, las redes, los ecosistemas institucionales y el acceso a espacios de toma de decisiones comerciales.

La formación empresarial adquiere entonces un significado que trasciende el aprendizaje administrativo. Permite que una investigadora participe en más decisiones sobre el recorrido de aquello que ha creado y comprenda las condiciones bajo las cuales su conocimiento será financiado, protegido y comercializado. Esto no elimina la necesidad de especialistas ni de equipos multidisciplinares. Modifica la posición desde la que la científica se relaciona con ellos.

Tres investigadoras argentinas expusieron recientemente experiencias que evidencian ese tránsito en el Forbes Mujeres Power Summit. Ana Gorodisch, junto con su socia, convirtió una tesis universitaria sobre inteligencia artificial aplicada a la detección de mutaciones tumorales en Kuvia. Tamara Rubilar llevó a cabo una investigación sobre moléculas presentes en erizos de mar que dio lugar a la creación de Erisea. Marina Simian transformó años de investigación en la detección temprana del cáncer en Oncoliq.

Los casos son distintos, pero los aprendizajes relatados comparten elementos comunes, pues Rubilar explicó que tuvo que incorporar conocimientos administrativos, contables y de modelos de negocio, hasta cursar un MBA. Simian debió aprender el lenguaje del capital riesgo y una forma de presentar sus desarrollos distinta de la comunicación científica. Gorodisch se encontró con la necesidad de comprender la regulación, los sistemas de salud y las decisiones de numerosos actores que intervienen antes de que una tecnología pueda utilizarse.

Sus experiencias sirven como ejemplos de un fenómeno más amplio y no como prueba estadística de dicho fenómeno. La evidencia internacional muestra que la participación de las mujeres disminuye a medida que se avanza desde determinados espacios de producción científica hacia patentes, la transferencia tecnológica, la creación de empresas y la captación de inversión.

La OMPI identifica, precisamente, el conocimiento en materia de propiedad intelectual, la formación especializada, las redes y la mentoría como áreas en las que aún persisten barreras para las mujeres innovadoras. La organización plantea el fortalecimiento de capacidades como una de las herramientas para ampliar su participación en la comercialización de invenciones.

Este enfoque también modifica la manera de pensar sobre la formación científica, porque una investigadora no necesita convertirse necesariamente en empresaria; lo que requiere, en cambio, es disponer de herramientas suficientes para reconocer el valor económico de su trabajo, comprender las alternativas existentes y decidir qué papel desea asumir cuando una investigación tiene posibilidades de salir del laboratorio.

Para las mujeres, ocupar esos espacios implica participar en decisiones que durante décadas estuvieron fuertemente masculinizadas, aunque la incorporación de conocimientos de gestión no sustituye su especialización científica, lo que sí permite es ampliar las posibilidades de intervenir en el recorrido que sigue una investigación después del descubrimiento y, cuando deciden emprender, la principal retribución es que les permite, de igual forma, dirigir una empresa que está construida alrededor de su propio conocimiento.

Referencias

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https://www.forbesargentina.com/summit/de-cientificas-empresarias-desafio-convertir-conocimiento-negocios-n99107

Koffi, M., & Marx, M. (2026). Cassatts in the attic: Is there a gender gap in the commercialization of science? American Economic Journal: Applied Economics, 18(2), 266–298. https://doi.org/10.1257/app.20230325 Asociación Económica Americana

Kuschel, K., Ettl, K., Díaz-García, C., & Alsos, G. A. (2020). Stemming the gender gap in STEM entrepreneurship: Insights into women’s entrepreneurship in science, technology, engineering and mathematics. International Entrepreneurship and Management Journal, 16, 1–15.
https://link.springer.com/article/10.1007/s11365-020-00642-5 Springer Nature

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https://www.wipo.int/edocs/pubdocs/en/wipo-pub-901-2025-en-patent-cooperation-treaty-yearly-review-2025.pdf WIPO

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https://www.wipo.int/en/web/women-inventors/