Sofía Tolstaya transcribió, revisó y trabajó durante años en los manuscritos de León Tolstói. Anna Dostoyévskaya pasó de taquígrafa a encargarse de buena parte del negocio editorial de Fiódor Dostoyevski. Véra Nabokov fue editora, traductora y agente, y llegó a impedir que Lolita terminara en el fuego. Durante mucho tiempo fueron presentadas principalmente como esposas de tres grandes escritores, aunque su trabajo ocupó un lugar mucho más importante en la historia de esos libros.
Cuando León Tolstói escribía Guerra y Paz, alguien debía enfrentarse después a sus manuscritos, descifrarlos, copiarlos y preparar nuevas versiones en las que el escritor continuaría trabajando. Una parte sustancial de esa labor recayó en Sofía Andréievna Tolstaya.
Sofía tenía 18 años cuando se casó con Tolstói en 1862. Durante los siguientes años fue mecanógrafa, asistente literaria, editora y traductora de su marido. La tradición biográfica ha repetido que copió Guerra y paz siete veces; más que reducir su participación a una cifra difícil de aplicar uniformemente a un manuscrito sometido a numerosas modificaciones, lo relevante es el trabajo sostenido que realizó durante su elaboración y en otras obras de Tolstói. La Universidad de Ottawa, responsable de una de las principales recuperaciones contemporáneas de sus escritos, reconoce expresamente su papel como asistente literaria, transcriptora, traductora y editora.
Pero Sofía tampoco fue solamente la mujer que copiaba las palabras de Tolstói. Administró asuntos familiares y económicos, mantuvo una extensa correspondencia, escribió diarios y memorias, practicó la fotografía y produjo su propia literatura. Entre sus textos figura «¿De quién es la culpa?», una respuesta literaria a la representación del matrimonio y de la sexualidad planteada por su marido en La sonata a Kreutzer. Su producción ha sido recuperada en años recientes hasta el punto de permitir la publicación de un volumen dedicado específicamente a Sofía Tolstaya como autora.
La historia de Anna Grigórievna Dostoyévskaya comenzó de otra manera. Tenía 20 años y formación como taquígrafa cuando llegó a trabajar con Fiódor Dostoyevski en octubre de 1866. El escritor debía entregar El jugador dentro de un plazo contractual extremadamente breve y Anna tomó al dictado el texto que él iba componiendo. Cumplieron el plazo y, pocos meses después, en febrero de 1867, se casaron.
Lo que ocurrió después permite cuestionar la facilidad con la que la palabra “esposa” puede ocultar una profesión.
Una investigación de Marina Zavarkina, publicada en 2023 en The Unknown Dostoevsky, documenta que Anna participó en el proceso creativo como taquígrafa y copista desde 1866 y se incorporó activamente al negocio editorial desde 1873. Trabajaba con Dostoyevski en las pruebas de imprenta y llevaba registros de la distribución y la venta de los libros. Sus cuadernos conservan nombres de libreros, suscriptores y distribuidores, además de información sobre una actividad comercial que ella administraba de manera sistemática.
La investigación contemporánea sobre Dostoyevskaya permite verla, por tanto, como parte del proceso material que convirtió los manuscritos en libros y estos en una actividad económicamente viable. Otro estudio, dedicado específicamente a sus métodos de producción editorial, reconstruye, a partir de sus cuadernos, la experiencia que desarrolló a lo largo de las distintas etapas necesarias para publicar sus obras.
Tras la muerte de Dostoyevski en 1881, Anna dedicó décadas a preservar y organizar su legado. Sus memorias y diarios se convirtieron, además, en fuentes para conocer al escritor, pero también dejaron constancia de una mujer que había aprendido a desenvolverse en un negocio editorial dominado por hombres.
Véra Nabokov realizó un trabajo semejante en otro siglo y bajo circunstancias diferentes. Nacida Véra Slonim en San Petersburgo en 1902, acompañó durante más de cinco décadas la trayectoria de Vladimir Nabokov, pero definirla únicamente como su musa deja de lado buena parte de lo que hizo.
Los archivos de la Cornell University permiten medir objetivamente su participación. La colección dedicada a la correspondencia editorial de Vladimir y Véra Nabokov contiene alrededor de 2.000 documentos que registran tres décadas de intercambios de Véra con personas vinculadas a la publicación de sus obras. Sus cartas tratan sobre contratos, traducciones, derechos, ediciones extranjeras, disputas editoriales y, de manera reiterada, la complicada trayectoria internacional de Lolita.
También asistía a las clases de Nabokov en Cornell, lo sustituía cuando él estaba enfermo y desempeñaba funciones como editora, agente y traductora. La biógrafa Stacy Schiff encontró suficiente documentación para describirla como una colaboradora creativa de su marido y reconstruyó un episodio que parece una ficción, pero cuenta con respaldo histórico: cuando Nabokov intentó destruir páginas de Lolita, Véra intervino y las sacó del fuego.
El episodio resume de manera extraordinaria la paradoja. Una de las novelas más conocidas del siglo XX pudo perderse durante una crisis de su autoría, y fue la mujer que trabajaba a diario a su lado quien ayudó a evitarlo.
Durante siglos, la construcción del escritor como genio individual dejó en los márgenes una enorme cantidad de trabajo necesario para que la literatura existiera: alguien copiaba manuscritos, corregía pruebas, llevaba cuentas, negociaba contratos, contestaba cartas, administraba derechos, revisaba traducciones y conservaba archivos.
Cuando ese trabajo era realizado por la esposa, resultaba especialmente fácil incorporarlo a las obligaciones del matrimonio y hacerlo desaparecer tras el apellido del escritor.
Sofía Tolstaya escribió sus propios textos mientras trabajaba en los manuscritos de su marido. Anna Dostoyévskaya desarrolló conocimientos editoriales y comerciales que las investigaciones actuales estudian como parte de la historia de la edición rusa. Véra Nabokov dejó miles de documentos relacionados con la circulación internacional de una obra que durante décadas ayudó a gestionar.
Los clásicos llevan en la portada los nombres de Tolstói, Dostoyevski y Nabokov, y su autoría les pertenece. La historia de cómo aquellos manuscritos se convirtieron en libros, llegaron a las imprentas, encontraron lectores y sobrevivieron hasta nuestros días tiene, sin embargo, otros tres nombres que ya no deberían permanecer escritos en letra pequeña ni ser ignorados por la historia universal: Sofía Tolstaya, Anna Dostoyévskaya y Véra Nabokov.
Referencias
Cornell University Library. (s. f.). Guide to the Vladimir and Véra Nabokov publishing correspondence, 1945–1977. Division of Rare and Manuscript Collections. https://rmc.library.cornell.edu/EAD/htmldocs/RMM04627.html
Donskov, A. (Ed.). (2022). Sofia Tolstaya, the author: Her literary works in English translation (J. Woodsworth & A. Klioutchanski, Trads.). University of Ottawa Press. https://press.uottawa.ca/en/9780776629469/sofia-tolstaya-the-author/
Lowery, G. (2006, 23 de junio). Vladimir and Véra Nabokov had a “mystifying” relationship, Schiff says. Cornell Chronicle. https://news.cornell.edu/stories/2006/06/vladimir-and-vera-nabokov-had-mystifying-relationship-schiff-says
Stepchenkova, V. N. (2023). Technology of book production (from the experience of A. G. Dostoevskaya). The Unknown Dostoevsky, 10(3), 110–133. https://doi.org/10.15393/j10.art.2023.6841
Tolstaya, S. A. (2010). My life (A. Donskov, Ed.; J. Woodsworth & A. Klioutchanski, Trads.). University of Ottawa Press. https://press.uottawa.ca/en/9780776630427/my-life/
Zavarkina, M. V. (2023). Publishing and book trade of the Dostoevskys. The Unknown Dostoevsky, 10(1), 145–187. https://doi.org/10.15393/j10.art.2023.6581








