A diferencia de la sal refinada, la sal marina se obtiene de forma tradicional, sin procesos químicos agresivos ni blanqueadores. La refinada pasa por fábricas donde se le retiran casi todos los minerales naturales y, muchas veces, se le añade yodo sintético o antiaglomerantes. La marina, en cambio, llega a tu mesa tal como la dejó el océano: cargada de trazas minerales.

La sal marina es rica en sodio, potasio y magnesio, minerales esenciales para la comunicación celular, el equilibrio de líquidos y la producción de energía.

Estos electrolitos permiten que los impulsos nerviosos viajen, que los músculos se contraigan y se relajen sin calambres y que los nutrientes lleguen adonde deben.

Además, conserva oligoelementos como zinc, hierro, calcio y manganeso, que apoyan el sistema inmunológico y el metabolismo.

Sin embargo, es importante recordar que el consumo excesivo de cualquier tipo de sal sigue siendo un factor de riesgo de hipertensión y enfermedades cardiovasculares.

La próxima vez que vayas a salar tu comida, elegir sal marina gruesa o en escamas puede ser una forma de devolverle a tu cuerpo los minerales que la sal refinada perdió, siempre con moderación.

Referencia:

World Health Organization. (2021). Salt reduction. https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/salt-reduction