Ser homosexual no elimina las jerarquías aprendidas sobre lo masculino y lo femenino. Investigaciones realizadas durante más de dos décadas documentan el rechazo que enfrentan los hombres gays percibidos como afeminados, incluso dentro de su propia comunidad. La historia de esta antifeminidad permite comprender también una paradoja política contemporánea, como es que determinadas formas de homosexualidad pueden coexistir con el machismo, la misoginia y posiciones conservadoras.

“Masculino”, “discreto”, “que no se note”. Expresiones de este tipo han formado parte del lenguaje de algunos hombres gays para presentarse o expresar sus preferencias en espacios de socialización y en aplicaciones de citas. La orientación sexual puede ser la misma; sin embargo, la valoración social de esos hombres no necesariamente.

La investigación académica estudia desde hace décadas la antifeminidad entre los hombres gays. Kittiwut J. Taywaditep advertía en 2001 que los hombres homosexuales que no se ajustaban a las normas tradicionales de género podían experimentar una doble marginación, tanto la de una sociedad homófoba como la ejercida por otros hombres homosexuales. Su revisión relacionaba estas actitudes con una concepción jerárquica que otorga mayor valor a la masculinidad y sitúa la feminidad en una posición inferior.

Dos décadas de investigaciones posteriores han aportado evidencia de ese mecanismo. Francisco J. Sánchez y Eric Vilain estudiaron en 2012 a 751 hombres gays en Estados Unidos y encontraron que la masculinidad era considerada importante tanto para la propia imagen como para la elección de pareja. Los participantes deseaban, en promedio, comportarse de manera más masculina y menos femenina de lo que se percibían, mientras que la preocupación por la masculinidad y las actitudes antiafeministas se relacionaban con sentimientos negativos hacia su propia homosexualidad.

El fenómeno también se observa en los espacios digitales; para ello, Brandon Miller y Elizabeth Behm-Morawitz analizaron en 2016 expresiones antifeministas en aplicaciones utilizadas por hombres que mantienen relaciones con otros hombres. Frases como “masculine guys only” convertían una característica asociada al género en un criterio explícito para seleccionar o excluir posibles parejas.

No toda preferencia por una persona masculina constituye discriminación. El problema se evidencia cuando el gusto individual se acompaña de una jerarquía que presenta al hombre masculino como más deseable, respetable o auténtico y convierte al afeminado en motivo de vergüenza, desprecio o ridiculización. Un estudio publicado en 2024 sobre hombres gays latinos identificó, precisamente, la minimización de la feminidad, los privilegios asociados a los hombres percibidos como masculinos y las relaciones entre estas prácticas, el machismo y la misoginia.

La literatura reciente utiliza también el concepto de femmephobia para estudiar la regulación y la devaluación social de lo que se considera femenino. No afecta exclusivamente a los hombres gays ni surge dentro de sus comunidades. Su principio es más amplio: atribuir mayor valor a la masculinidad que a la feminidad.

Esta diferencia resulta fundamental porque permite entender que una parte de la homofobia no se dirige únicamente al deseo entre personas del mismo sexo. También castiga a los hombres que transgreden las expectativas sociales sobre cómo debe hablar, caminar, vestir o comportarse un varón.

Rhea Ashley Hoskin, Karen Blair y Diane Holmberg estudiaron esta relación en 417 hombres heterosexuales. Su investigación, publicada en Archives of Sexual Behavior, encontró que las actitudes negativas hacia la feminidad masculina explicaron el 23 % de la variación observada en comportamientos antigay, por encima del 15 % explicado conjuntamente por otros factores considerados en el estudio. Otra investigación encontró un mayor prejuicio e incomodidad hacia hombres gays femeninos que hacia hombres gays masculinos.

La vieja expresión “no tengo problema con los gays, siempre que no sean afeminados” contiene, por ello, una contradicción solo aparente. Puede aceptar el deseo homosexual y seguir castigando la ruptura de la masculinidad tradicional.

Esa distinción adquiere importancia ante el avance de movimientos políticos que combinan posiciones conservadoras sobre género con una aceptación selectiva de determinados hombres y mujeres homosexuales.

La investigación sobre homonacionalismo ha analizado cómo algunos sectores de la derecha radical europea incorporan la defensa de ciertos derechos de gays y lesbianas a discursos nacionalistas, en particular para presentar a Occidente como sexualmente moderno frente a poblaciones migrantes, en especial las musulmanas. Anna Guildea señala que esta incorporación no necesariamente cuestiona la heteronormatividad ni el binarismo de género y puede generar jerarquías dentro de las propias comunidades LGBTQ+, favoreciendo a quienes se ajustan a determinadas normas raciales, sociales y de género.

Ser gay, en consecuencia, no determina automáticamente una posición política progresista ni implica haber cuestionado el machismo. Tampoco existe una identidad homosexual única. La clase social, la raza, la nacionalidad, la expresión de género, la religión y la ideología generan experiencias y posiciones políticas distintas.

La historia alemana ofrece un antecedente en particular que ilustra esta complejidad, pues a comienzos del siglo XX coexistieron en Alemania distintas formas de pensar la homosexualidad masculina. Magnus Hirschfeld y el Comité Científico-Humanitario defendieron una reforma sexual que incluía la derogación del párrafo 175, que criminalizaba las relaciones sexuales entre hombres. Otros círculos homosexuales desarrollaron planteamientos muy diferentes.

En torno a figuras como Adolf Brand y, posteriormente, Hans Blüher, surgió una corriente que la historiografía ha denominado masculinista. Rechazaba identificar al hombre homosexual con el afeminamiento y exaltaba, en cambio, el vínculo homoerótico entre varones como expresión de virilidad y camaradería masculina. Algunos de estos planteamientos convivieron con el nacionalismo, la misoginia, el antisemitismo y concepciones jerárquicas de la sociedad. No constituyeron el conjunto del movimiento homosexual alemán ni deben confundirse con las posiciones de Hirschfeld.

El caso de Ernst Röhm llevó una de las contradicciones de aquella época hasta su extremo político. Röhm era homosexual y jefe de las SA, las tropas de asalto que ejercieron violencia contra los adversarios del nazismo y participaron en la consolidación del poder de Hitler. Su sexualidad era conocida en el Partido Nazi y se convirtió en un escándalo público en 1931. Para Röhm, sin embargo, sentirse atraído por otros hombres no entraba en contradicción con su concepción de la virilidad, del militarismo ni del nacionalsocialismo.

El Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos advierte sobre un detalle fundamental: Röhm podía favorecer la legalización de las relaciones sexuales entre hombres, pero no lo hacía desde una defensa democrática de los derechos homosexuales. Consideraba que debía derribarse una moral convencional, de carácter burgués. El Partido Nazi, por su parte, se opuso a la derogación del párrafo 175.

Hitler mantuvo a Röhm al frente de las SA mientras le resultara políticamente conveniente. En junio de 1934 ordenó su asesinato durante la purga conocida como la Noche de los Cuchillos Largos. Después de eliminarlo por razones fundamentalmente vinculadas a la lucha por el poder dentro del régimen, la propaganda nazi utilizó su homosexualidad para justificar la purga. En 1935, el régimen endureció el artículo 175 y amplió la persecución: aproximadamente 100.000 hombres fueron arrestados durante el periodo nazi bajo esa legislación y unos 53.400 terminaron condenados. Entre 5.000 y 15.000 fueron enviados a campos de concentración como prisioneros clasificados como homosexuales.

No existe una línea histórica directa que permita equiparar a los masculinistas alemanes, como Ernst Röhm, con los hombres gays que actualmente rechazan el afeminamiento o con quienes participan en movimientos conservadores. Sus contextos, objetivos y responsabilidades históricas son profundamente diferentes.

Lo que puede reconocerse en esos escenarios es la persistencia de una jerarquía que otorga mayor valor a los atributos asociados a la masculinidad y desprecia los identificados con lo femenino. Un hombre puede amar a otro hombre y seguir considerando inferior aquello que asocia con las mujeres. Puede sufrir homofobia y reproducir la misoginia. Puede reclamar respeto por su orientación sexual mientras ridiculiza a otro hombre por su voz, sus gestos o su manera de vestir.

La política estadounidense ofrece un ejemplo contemporáneo de las contradicciones que pueden surgir entre la identidad sexual y las posiciones ideológicas. En agosto de 2025, The New York Times documentó la presencia de hombres abiertamente gays en la segunda administración de Donald Trump y su participación en el movimiento MAGA. Algunos de los entrevistados defendieron su pertenencia al espacio conservador y rechazaron las críticas de otros integrantes de la comunidad LGBTQ+, quienes cuestionaban las decisiones gubernamentales relativas a sus derechos. El reportaje muestra que compartir una orientación sexual no implica necesariamente compartir una posición sobre la igualdad, la diversidad o las políticas que afectan a otras personas del colectivo.

La orientación sexual no desmantela por sí sola el aprendizaje del machismo. La persistencia del rechazo hacia los hombres gays afeminados permite observar una contradicción que atraviesa distintos momentos históricos, pues una sociedad puede ampliar el reconocimiento de las relaciones entre personas del mismo sexo y conservar, incluso dentro de los propios colectivos homosexuales, normas que exigen comportarse de determinada manera para ser considerado plenamente hombre.

Referencias:

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Hoskin, R. A., Blair, K. L., & Holmberg, D. (2024). Femmephobia is a uniquely powerful predictor of anti-gay behavior. Archives of Sexual Behavior, 53, 127–140. https://doi.org/10.1007/s10508-023-02704-5

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Miller, B., & Behm-Morawitz, E. (2016). “Masculine guys only”: The effects of femmephobic mobile dating application profiles on partner selection for men who have sex with men. Computers in Human Behavior, 62, 176–185. https://doi.org/10.1016/j.chb.2016.03.088

Sánchez, F. J., & Vilain, E. (2012). “Straight-acting gays”: The relationship between masculine consciousness, anti-effeminacy, and negative gay identity. Archives of Sexual Behavior, 41(1), 111–119. https://doi.org/10.1007/s10508-012-9912-z

Taywaditep, K. J. (2001). Marginalization among the marginalized: Gay men’s anti-effeminacy attitudes. Journal of Homosexuality, 42(1), 1–28. https://doi.org/10.1300/J082v42n01_01

United States Holocaust Memorial Museum. (s. f.). Los hombres homosexuales bajo el régimen nazi. Enciclopedia del Holocausto. https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/gay-men-under-the-nazi-regime