La brecha de género en la inseguridad alimentaria moderada o grave se redujo de 5,2 puntos porcentuales en 2021 a 1,2 puntos porcentuales en 2024 en América Latina y el Caribe. La mejora ocurre mientras persisten desigualdades en ingresos, trabajo y cuidados, así como en el acceso de las mujeres a los recursos de los sistemas agroalimentarios.
América Latina y el Caribe registraron en 2024 una reducción de la inseguridad alimentaria, que también alcanzó una de sus desigualdades más persistentes. La diferencia entre mujeres y hombres expuestos a inseguridad alimentaria moderada o grave disminuyó de 5,2 puntos porcentuales en 2021 a 1,2 puntos porcentuales en 2024, según la edición 2025 de El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, elaborada conjuntamente por la FAO, el FIDA, UNICEF, el PMA y la OMS.
La reducción se produjo en el marco de una mejora regional más amplia. El 25,2 % de la población latinoamericana y caribeña experimentó inseguridad alimentaria moderada o grave en 2024, frente al 28,2 % registrado dos años antes. América Latina y el Caribe se convirtió, además, en la única región del mundo en la que disminuyeron simultáneamente el hambre y la inseguridad alimentaria durante ese período, aunque los avances fueron desiguales entre subregiones y países.
La evolución obliga a revisar una afirmación repetida durante años en los análisis sobre alimentación y género. Las mujeres continúan presentando una mayor prevalencia de inseguridad alimentaria que los hombres, pero la brecha entre ambos grupos es considerablemente menor que hace tres años. Reconocer esa mejoría permite observar qué está cambiando sin concluir que las condiciones que originaron la brecha hayan desaparecido.
Las diferencias de género en la alimentación se relacionan con desigualdades que se originan fuera de la mesa. Los ingresos, la participación laboral, la propiedad de activos, la protección social, el acceso a recursos productivos y la distribución del trabajo doméstico influyen en la capacidad de una persona para obtener alimentos suficientes y nutricionalmente adecuados. Una reducción de la inseguridad alimentaria puede producirse mientras persisten varias de esas diferencias.
El informe de la FAO sobre la situación de las mujeres en los sistemas agroalimentarios documentó que desempeñan funciones esenciales en la producción, el procesamiento, la distribución y la comercialización de alimentos, pero enfrentan desventajas en la productividad, los salarios, el acceso a la tierra, el crédito, la tecnología, los insumos y los servicios. El organismo estimó que cerrar las brechas de género existentes en la productividad agrícola y en las remuneraciones podría aumentar el producto interno bruto mundial en cerca de un 1 % y reducir la inseguridad alimentaria de aproximadamente 45 millones de personas.
La situación resulta especialmente relevante en 2026, declarado por las Naciones Unidas como Año Internacional de la Agricultora. La conmemoración busca visibilizar la contribución de las mujeres a los sistemas agroalimentarios y las barreras que aún limitan su acceso a recursos, servicios financieros, tecnologías, formación y espacios de toma de decisiones. La producción de alimentos constituye así uno de los ámbitos en los que la reducción reciente de la brecha alimentaria convive con desigualdades económicas que avanzan a ritmos distintos.
El acceso a una alimentación saludable introduce otra diferencia que las estadísticas sobre el hambre no captan por completo. En 2024, unos 182,9 millones de habitantes de América Latina y el Caribe no podían permitirse una dieta saludable, lo que equivale al 27,7 % de la población de la región. Una persona puede consumir alimentos a diario y permanecer fuera de las estadísticas de hambre, pero carecer de ingresos suficientes para mantener una dieta diversa y nutricionalmente adecuada.
La capacidad económica de los hogares adquiere especial importancia al incorporarse la organización cotidiana de la alimentación. Comprar productos, planificar comidas, cocinar y atender las necesidades alimentarias de niñas, niños, personas mayores o dependientes forman parte del trabajo doméstico y de cuidados, actividades que continúan distribuyéndose de manera desigual entre mujeres y hombres en la región. Esa responsabilidad no significa que las mujeres sean necesariamente quienes comen menos en todos los hogares ni permite afirmar que siempre sacrifican su propia alimentación cuando escasean los recursos. Una generalización de ese tipo requeriría evidencia a nivel regional que las fuentes actuales no ofrecen.
Lo que sí puede establecerse es que las responsabilidades de cuidado conviven con una carga de trabajo no remunerado considerablemente mayor entre las mujeres. Esa distribución reduce el tiempo disponible para el empleo remunerado y puede afectar a los ingresos y a la autonomía económica, dos variables directamente relacionadas con la posibilidad de acceder a alimentos adecuados. El vínculo entre género y seguridad alimentaria surge entonces de una combinación de condiciones económicas, laborales y familiares, más que de una única causa.
Las diferencias tampoco son las mismas para todas las mujeres, ya que la FAO ha señalado que la pobreza, la ruralidad, la pertenencia indígena, la edad, el acceso a la tierra y la disponibilidad de servicios modifican las oportunidades en los sistemas agroalimentarios. Una productora rural sin acceso a crédito enfrenta condiciones distintas a las de una trabajadora urbana asalariada, aunque ambas figuren en las estadísticas agregadas por sexo. La reducción de la brecha regional puede coexistir, por ello, con diferencias importantes entre territorios y grupos de población.
El descenso observado entre 2021 y 2024 constituye una señal favorable tras años marcados por la pandemia, el aumento del costo de los alimentos y las perturbaciones económicas internacionales. Todavía será necesario observar si la tendencia se mantiene y hasta qué punto la mejora llega a los grupos con mayores dificultades para seguir una dieta saludable. Las cifras regionales muestran un acercamiento entre mujeres y hombres, pero 182,9 millones de personas seguían sin poder acceder a una alimentación considerada saludable.
Durante 2026, la atención internacional sobre las agricultoras ofrece la posibilidad de observar esa evolución desde ambos extremos del sistema alimentario. Las mujeres participan en la producción y comercialización de alimentos, administran una parte considerable del trabajo de preparación de alimentos en los hogares y, al mismo tiempo, continúan enfrentando restricciones para acceder a recursos productivos y económicos. La reducción de la brecha alimentaria registrada hasta 2024 constituye un avance verificable. Su continuidad dependerá también de lo que ocurra con esas condiciones materiales que determinan quién puede producir alimentos, obtener ingresos y elegir qué comer.
Referencias
Food and Agriculture Organisation of the United Nations. (2023). The status of women in agrifood systems. https://doi.org/10.4060/cc5343en
https://www.fao.org/gender/the-status-of-women-in-agrifood-systems/en
Food and Agriculture Organization of the United Nations. (2026). International Year of the Woman Farmer 2026.
https://www.fao.org/woman-farmer-2026/en
Food and Agriculture Organisation of the United Nations, International Fund for Agricultural Development, United Nations Children’s Fund, World Food Programme, & World Health Organisation. (2025). The state of food security and nutrition in the world 2025. FAO. https://doi.org/10.4060/cd6008en
https://www.fao.org/publications/fao-flagship-publications/the-state-of-food-security-and-nutrition-in-the-world/en








